sábado, 10 de mayo de 2014

POEMAS DE RICARDO JAIMES FREYRE


Ricardo Jaimes Freyres nació el 12 de mayo de 1868 en Tacna, Perú y falleció el 8 de noviembre de 1933 en Buenos Aires, tenía nacionalidad boliviana. Poeta, profesor, dramaturgo, historiador y diplomático, fue precursor del  Modernismo, innovador, junto con Rubén Darío de la métrica castellana. 




Lo fugaz

La rosa temblorosa
se desprendió del tallo,
y la arrastró la brisa
sobre las aguas turbias del pantano.

Una onda fugitiva
le abrió su seno amargo
y estrechando a la rosa temblorosa
la deshizo en sus brazos.

Flotaron sobre el agua
las hojas como miembros mutilados
y confundidas con el lodo negro
negras, aún más que el lodo, se tornaron, 

pero en las noches puras y serenas
se sentía vagar en el espacio
un leve olor de rosa
sobre las aguas turbias del pantano.



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Peregrina paloma imaginaria

Peregrina paloma imaginaria
que enardeces los últimos amores; 
alma de luz, de música y de flores 
peregrina paloma imaginaria.

Vuele sobre la roca solitaria
que baña el mar glacial de los dolores; 
haya, a tu peso, un haz de resplandores, 
sobre la adusta roca solitaria...

Vuele sobre la roca solitaria
peregrine paloma, ala de nieve
como divina hostia, ala tan leve...

Como un copo de nieve; ala divina,
copo de nieve, lirio, hostia, neblina,
peregrina paloma imaginaria...




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Entre la fronda

Junto a la clara linfa, bajo la luz radiosa 
del sol, como un prodigio de viviente escultura, 
nieve y rosa su cuerpo, su rostro nieve y rosa 
y sobre rosa y nieve su cabellera oscura. 

No altera una sonrisa su majestad de diosa, 
ni la mancha el deseo con su mirada impura; 
en el lago profundo de sus ojos reposa
su espíritu que aguarda la dicha y la amargura. 

Sueño del mármol. Sueño del arte excelso, digno 
de Escopas o de Fidias, que sorprende en un signo, 
una actitud, un gesto, la suprema hermosura. 

Y la ve destacarse, soberbia y armoniosa, 
junto a la clara linfa, bajo la luz radiosa 
del sol, como un prodigio de viviente escultura. 


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Eros

Lluvia de azahares
sobre un rostro níveo.
Lluvia de azahares
frescos de rocío,
que dicen historias
de amores y nidos.
Lluvia de azahares
sobre un blanco lirio
y un alma que tiene
candidez de armiño.
Con alegres risas
Eros ha traído
una cesta llena
de rosas y mirtos,
y las dulces Gracias
-amoroso símbolo-
lluvia de azahares
para un blanco lirio.

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Siempre

¡Tú no sabes cuánto sufro! ¡Tú que has puesto mis tinieblas 
en mi noche, y amargura más profunda en mi dolor! 
Tú has dejado, como el hierro que se deja en una herida, 
en mi oído la caricia dolorosa de tu voz. 

Palpitante como un beso; voluptuosa como un beso; 
voz que halaga y que se queja; voz de ensueño y de dolor. 
Como sigue el ritmo oculto de los astros el océano‚ 
mi ser todo sigue el ritmo misterioso de tu voz. 

¡Oh, me llamas y me hieres! Voy a ti como un sonámbulo 
con los brazos extendidos en la sombra y el dolor... 
¡Tú no sabes cuánto sufro! Cómo aumenta mi martirio, 
temblorosa y desolada, la caricia de tu voz. 

¡Oh, el olvido! El fondo obscuro de la noche del olvido 
donde guardan los cipreses el sepulcro del Dolor. 
Yo he buscado el fondo obscuro de la noche del olvido, 
y la noche se poblaba con los ecos de tu voz... 



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La muerte del héroe

Aún se estremece y se yergue y amenaza con su espada 
cubre el pecho destrozado su rojo y mellado escudo 
hunde en la sombra infinita su mirada
y en sus labios expirantes cesa el canto heroico y rudo. 

Los dos Cuervos silenciosos ven de lejos su agonía 
y al guerrero las sombras alas tienden
y la noche de sus alas, a los ojos del guerrero, resplandece como el día 
y hacia el pálido horizonte reposado vuelo emprenden.



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Los Héroes

 Por sanguinario ardor estremecido,
hundiendo en su corcel el acicate,
lanza el bárbaro en medio del combate
su pavoroso y lúgubre alarido.

Semidesnudo, sudoroso, herido,
de intenso gozo su cerebro late,
y con su escudo al enemigo abate
ya del espanto del dolor vencido.

Surge de pronto claridad extraña,
y el horizonte tenebroso baña
un mar de fuego de purpúreas ondas,

y se destacan entre lampos rojos,
los anchos pechos, los sangrientos ojos
y las hirsutas cabelleras blondas.


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El Camino de los Cisnes


«Crespas olas adheridas a las crines
de los ásperos corceles de los vientos;
alumbradas por rojizos resplandores
cuando en yunque de montañas su martillo bate el trueno.

»Crespas olas que las nubes oscurecen
con sus cuerpos desgarrados y sangrientos,
que se esfuman lentamente en los crepúsculos.
Turbios ojos de la noche, circundados de misterio.

»Crespas olas que cobijan los amores
de los monstruos espantables en su seno,
cuando entona la gran voz de las borrascas
su salvaje epitalamio como un himno gigantesco.

»Crespas olas que se arrojan a las playas
coronadas por enormes ventisqueros,
donde turban con sollozos convulsivos
el silencio indiferente de la noche de los hielos.

»Crespas olas que la quilla despedaza
bajo el rayo de los ojos del guerrero,
que ilumina las entrañas palpitantes
del Camino de los Cisnes para el Rey del Mar abierto»

viernes, 9 de mayo de 2014

POEMAS DE GUSTAVO SOLÓRZANO ALFARO



Gustavo Solórzano Alfaro, nació en Alajuela, Costa Rica, el 15 de enero de 1975.Profesor, poeta y ensayista, 


 


Balada

Hoy me duele más que nunca tu mirada. 
Hoy me duele esta casa, tan grande y tan vacía. 
Me duele el deseo y me sabe a tiempo tu palabra. 
Me duelen las distancias, me duelen las ventanas, 
y las notas de un piano sumergido en las tinieblas. 

Esta mañana es una de esas 
que irrumpen en tu cuarto y te desnudan en silencio, 
te acosan y te gritan con sonidos secos, 
con nombres sordos, con espejos brillantes 
que no cesan de iluminar una esquina, 
un recodo de mi pecho, una estancia del recuerdo. 

Esta mañana está vacío el mundo y quietas las aguas. 
Están detenidos los almuerzos y las reuniones, 
están abarrotadas las librerías y vacíos los cafés. 
En una esquina de mi cuarto escucho el llanto. 
Escucho tu latir desesperado y tus venas agolpadas. 

Hace ya tantos días y mi hermano no regresa. 
Su cuarto está vacío desde el último rincón del sueño. 
Tiemblo en las tardes al pensar que no se duerme, 
tiemblo al recordar que su nombre es una tumba 
y su alma una montaña. 

De todos los que lloran, 
es mi madre quien más sufre: 
come a deshoras y habla poco.


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Pronunciarte 

Déjame
que con mi última ternura
alfombre tus pasos que se van.

                               Vladimir Mayakovski



Déjame contarte, querida niña,
que no se me acabe la memoria.

Déjame abrirme en tu carne,
amoldarme a tus huesos,
herirme en tu alma.

Déjame sorber tus ojos
como rodajas de cielo fresco,
y déjame robar
la espina que sube a tu cuello.

Déjame contarte, querida niña,
de mis viajes terrenales
a la gruta del miedo
o al triste pasaje
de mis más guardados recuerdos.

Déjame decirte
que hoy sé de abismales presagios,
de tus manos asustadas
y tu cara de encino.

Déjame tomarte libre de tardes,
de coronas impías coronando tus senos.
Déjame tenerte entre mis labios...

... yo quisiera que oprimieras mis labios,
y así, jamás decirte que te quiero.
 


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La condena 

Soy la última bandera que ondea, 
el último bastión de los perdidos. 
La escaramuza en la plaza, 
el licor de los malditos, 
el redentor de los ciegos, 
el mártir del ensueño. 
El último animal que se devora, 
la última señal en la vigilia. 

Soy espacio y estrellas, 
mástil que tambaleante se aferra, 
puerta hacia el infierno y paraíso en ruinas. 
Soy quien no te mira, quien no canta, 
quien no peca ni claudica. 
Quien abre las ventanas de tu nombre herido 
para rescatar del pasado el aliento, 
la maña, el colmillo, la flecha y la daga. 
Soy quien come a deshoras y habla poco; 
quien se tiende en tu lecho para dormir la siesta. 
El último emisario que tu casa habita, 
el último hermano que de sangre vive. 
El pequeño que se esconde en la mesa, 
el tirano que arroja los pestillos 
hasta encontrar la salida de este laberinto, 
de este jardín donde los frutos se han perdido, 
donde todas las sombras reclaman 
y todos los abismos se olvidan. 
La alimaña viva en tu carne muda, 
el amante dulce en tu espalda abierta, 
el capitán volátil de tu barco enhiesto. 
Soy inmortal y soy perecedero, 
soy todos los imperios y soldados, 
todos los reyes y princesas, 
los enanos y bufones, consejeros y asesinos. 
El pájaro intacto de la noche ígnea, 
el ladrón imposible de la nada. 

Pero no fue sino hasta hoy, en medio de la tarde, 
que supe quién era el enamorado, 
quién la doncella y quién la tarde. 
Hoy descubrí que cargabas la cruz y las llagas, 
que soñabas con dioses de piedra, 
que hablabas con la muerte como hablar conmigo. 
Hoy estoy calmado. Estoy de pie y dudando. 
Aguardando este presagio 
de que el mundo sea de aire y yo de asfalto. 
Yo de hierro, yo de odio, yo de sangre y lentejuela. 
De savia perforada y hambres que se olvidan. 
Yo de mentira, de aspaviento, 
de aullido y de lujuria; de ríos y legiones. 

Seguiré siendo el frío intenso, 
el impío final que te calumnia. 
Un instante, una rosa, un pedestal, 
un grillete, un amuleto; 
una mancha en la pared del fondo, 
una silla, un cigarro, 
una despensa, una fiesta y un sudario. 

Soy una insignia, 
un medallón de tus batallas, 
un dedal en tu cabello, 
una tumba en tu mirada. 

El último, el primero, 
el que no acaba, el que no cesa, 
el anciano cruel que sodomiza, 
el villano oportuno que no calla, 
el demonio brutal que te condena, 
el arcángel feroz que te culmina. 

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Despedida

Hoy, adiós, día primero,
último de cada mes.
El todo en la savia que asciende,
el todo en la savia que anuncia
el fatal acento de las palomas
que no pueden volar más que sus alas,
que no saben cantar
sus atroces melodías de presagio
durante una tarde entera,
una tarde llena de olores y cortinas
blancas y voladas,
recogidas en la niebla de los gritos
sumergidos por tu cuerpo.
La erección que palpita
y palpitando quema la pupila,
el sillón, tu falda,
el pesado óleo de tus besos
jamás pintados
o tomados en serio.
El latir burlesco de algún hueso,
La clavícula etérea de tus ojos.

Aquí yazgo perdido,
acurrucado en tu seno,
adormilado en tu espalda,
mojado, quieto, taciturno,
violento cuando más quiero serlo
para besarte con lágrimas que invento
y llorarte con sudores tranquilos
que no me queden pequeños,
que invento para tenerte,
que tiendo una rosa en tu cama
y las espinas brotan de tu cuello
y me duermo cansado
porque tu voz ya se ha despedido
y mis pies, acaso temerarios,
despuntan el día, el viento,
y tu pelo languidece y atravieso
el monótono perfil de tu juego,
el furioso arrebato de tu sexo.

Aquí me tienes de una vez por todas
-rendido y apaciguado mortal-.
Cortadas las alas las palomas se resisten,
el canto salta, emerge, duele,
y tus manos acarician el día.
Mis brazos, hartos de quererte,
de despedirse cada año, cada siglo,
cada mes que me abandonas
y dejas las perchas vacías de la sala
y el comedor brillante de los cielos.
Me cuesta tanto y a la vez lo presiento:
El néctar se ha detenido.
No me mires, más no te alejes.
Aquí te espero, me arrepiento...
pero no lo grito, me callo...


jueves, 8 de mayo de 2014

POEMAS DE JULIO FLÓREZ



Julio Flórez nació el 22 de mayo de 1867 en Chiquinquirá, Colombia y falleció el 7 de febrero de 1923 en Usiacurí. Poeta del Romanticismo, influenciado por Víctor Hugo, Bécquer, Campoamor y Núñez de Arce.










Flores negras

Oye: bajo las ruinas de mis pasiones,
Y en el fondo de esta alma que ya no alegras,
Entre polvo de ensueños y de ilusiones
Yacen entumecidas mis flores negras.
Ellas son el recuerdo de aquellas horas
En que presa en mis brazos te adormecías,
Mientras yo suspiraba por las auroras
De tus ojos, auroras que no eran mías.
Ellas son mis dolores, capullos hechos,
Los intensos dolores que en mis entrañas
Sepultan sus raíces, cual los helechos
En las húmedas grietas de las montañas.
Ellas son tus desdenes y tus reproches
Ocultos en esta alma que ya no alegras;
Son, por eso, tan negras como las noches
De los gélidos polos, mis flores negras.
Guarda, pues, este triste y débil manojo,
Que te ofrezco de aquellas flores sombrías;
Guárdalo, nada temas, es un despojo
Del jardín de mis hondas melancolías.

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Abstracción

A veces melancólico me hundo
En mi noche de escombros y miserias,
Y caigo en un silencio tan profundo
Que escucho hasta el latir de mis arterias.
Más aún: oigo el paso de la vida
Por la sorda caverna de mi cráneo
Como un rumor de arroyo sin salida,
Como un rumor de río subterráneo.
Entonces presa de pavor y yerto
Como un cadáver, mudo y pensativo,
En mi abstracción a descifrar no acierto
Si es que dormido estoy o estoy despierto,
Si un muerto soy que sueña que está vivo
O un vivo soy que sueña que está muerto.

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Antes de que a los golpes
Antes de que a los golpes
Del pesar yo sucumba,
Dejar haré una grieta
Pequeñita en mi tumba.
Para que tú, por ella,
Te asomes, y tus ojos
Alumbren mis helados
Y lívidos despojos.
¡Y para que por ella
Puedas verter tu llanto
Sobre el cadáver mustio
De este ser que amas tanto!
Y para que le digas
Al solitario muerto:
¡De nadie seré nunca!
¡Sólo de ti!
¿No es cierto
Que así dirás? Entonces
¡Oh, mi dulce adorada!
Escucharás adentro
Una gran carcajada!

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Aún
Mil veces me engañó; más de mil veces
Abrió en mi corazón sangrienta herida;
De los celos, la copa desabrida,
Me hizo beber hasta agotar las heces.
Fue en mi vida, con todos sus dobleces,
La causa de mi angustia no extinguida
Aunque, ¡pobre de mí!, toda la vida
Su mentiroso amor pagué con creces.
Los tiempos han pasado; ya su boca
No me da sus caricias, no me abrasa
El fuego de sus ósculos de loca;
Y sin embargo mi pasión persiste
Pues, cuando a veces por mi senda pasa,
¡Me alejo mudo, cabizbajo y triste!

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Candor
Azul azul azul estaba el cielo.
El hálito quemaste del estío
Comenzaba a dorar el terciopelo
Del prado, en donde se remansa el río.
A lo lejos, el humo de un bohío,
Tal de una novia el intocado velo,
Se alza hasta perderse en el vacío
Con un ondulante y silencioso vuelo.
De pronto me dijiste: "el amor mío
Es puro y blando, así como ese río
Que rueda allá sobre el lejano suelo".
Y me miraste al terminar, tranquila,
Con el alma asomada a tu pupila.
Y estaba azul tu alma como el cielo.

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Dulce veneno
Luego me dijo: "Aún cuando mi alma anhele
La virtud y odie la maldad y el vicio,
Ya ves, mi triste corazón se duele,
Al contemplar el hondo precipicio
A donde el Hado sin cesar me impele.
Con mi carga de amor y desconsuelo
Voy a un próximo fin, paso entre paso,
Rueda mi llanto hasta mojar el suelo
Y miro dulcemente hacia mi ocaso
Al ver la muda impavidez del cielo.
¡Ah, si acortar pudiera la jornada!
¡Es tan dura y tan grande mi fatiga,
Mi senda tan oscura y desolada,
Que quisiera morir! Hoy nada, nada
Fuera de ti, mi desazón mitiga.
Y yo te estoy matando. ¡Oh sí! Mis besos
Te envenenan en largo paroxismo
Quedas tras tus eróticos excesos;
Cuando en mi boca están tus labios presos,
Tu boca está en la boca de un abismo".
Yo exclamé: "¿Morir quieres? En el seno
Tú, mi cabeza, al expirar, coloca;
Y después, si es verdad que es un veneno
De tu boca la miel, yo también peno,
Mátame con la miel que hay en tu boca".
Colgóse entonces de mi cuello, hermosa,
Transfigurada y, llena de ternura,
Puso en mi labio el suyo, hecho de rosa
Y en una tregua larga y silenciosa
Lloramos de dolor y de ventura.

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Cuando lejos, muy lejos
Cuando lejos, muy lejos, en hondos mares,
En lo mucho que sufro pienses a solas,
Si exhalas un suspiro por mis pesares,
Mándame ese suspiro sobre las olas.
Cuando el sol, con sus rayos, desde el oriente,
Rasgue las blondas gasas de las neblinas,
Si una oración murmuras por el ausente,
Deja que me la traigan las golondrinas.
Cuando pierda la tarde sus tristes galas,
Y en cenizas se tornen las nubes rojas,
Mándame un beso ardiente sobre las alas
De las brisas que juegan entre las hojas.
¡Que yo, cuando la noche tienda su manto,
Yo, que llevo en el alma sus mudas huellas,
Te enviaré, con mis quejas, un dulce canto
En la luz temblorosa de las estrellas!

miércoles, 7 de mayo de 2014

POEMAS DE ROSALÍA DE CASTRO


Rosalía de Castro nació el 24 de febrero de 1837 en Santiago de Compostela y falleció el 15 de julio de 1885 en Padrón. Poetisa y novelista, figura indispensable de la literatura del siglo XIX y precursora junto a Gustavo Adolfo Bécquer de la poesía española moderna.






Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes.....

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
De mí murmuran y exclaman:
Ahí va la loca soñando
Con la eterna primavera de la vida y de los campos,
Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

-Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
Con la eterna primavera de mi vida que se apaga
Y la perenne frescura de los campos y las almas,
Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,
Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?



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Los tristes

1

De la torpe ignorancia que confunde
lo mezquino y lo inmenso;
de la dura injusticia del más alto,
de la saña mortal de los pequeños,
¡no es posible que huyáis! cuando os conocen
y os buscan, como busca el zorro hambriento
a la indefensa tórtola en los campos;
y al querer esconderos
de sus cobardes iras, ya en el monte,
en la ciudad o en el retiro estrecho,
¡ahí va!, exclaman, ¡ahí va!, y allí os insultan
y señalan con íntimo contento
cual la mano implacable y vengativa
señala al triste y fugitivo reo.


2

Cayó por fin en la espumosa y turbia
recia corriente, y descendió al abismo
para no subir más a la serena
y tersa superficie. En lo más íntimo
del noble corazón ya lastimado,
resonó el golpe doloroso y frío
que ahogando la esperanza
hace abatir los ánimos altivos,
y plegando las alas torvo y mudo,
en densa niebla se envolvió su espíritu.


3

Vosotros, que lograsteis vuestros sueños,
¿qué entendéis de sus ansias malogradas?
Vosotros, que gozasteis y sufristeis,
¿qué comprendéis de sus eternas lágrimas?
Y vosotros, en fin, cuyos recuerdos
son como niebla que disipa el alba,
i qué sabéis del que lleva de los suyos
la eterna pesadumbre sobre el alma!


4

Cuando en la planta con afán cuidada
la fresca yema de un capullo asoma,
lentamente arrastrándose entre el césped,
le asalta el caracol y la devora.

Cuando de un alma atea,
en la profunda oscuridad medrosa
brilla un rayo de fe, viene la duda
y sobre él tiende su gigante sombra.


5

En cada fresco brote, en cada rosa erguida,
cien gotas de rocío brillan al sol que nace;
mas él ve que son lágrimas que derraman los tristes
al fecundar la tierra con su preciosa sangre.

Henchido está el ambiente de agradables aromas,
las aguas y los vientos cadenciosos murmuran;
mas él siente que rugen con sordo clamoreo
de sofocados gritos y de amenazas mudas.

¡No hay duda! De cien astros nuevos, la luz radiante
hasta las más recónditas profundidades llega;
mas sus hermosos rayos
jamás en torno suyo rompen la bruma espesa.

De la esperanza, ¿en dónde crece la flor ansiada?
Para él, en dondequiera al retoñar se agosta,
ya bajo las escarchas del egoísmo estéril,
o ya del desengaño a la menguada sombra.

¡Y en vano el mar extenso y las vegas fecundas,
los pájaros, las flores y los frutos que siembran!
Para el desheredado, sólo hay bajo del cielo
esa quietud sombría que infunde la tristeza.


6

Cada vez huye más de los vivos,
cada vez habla más con los muertos
y es que cuando nos rinde el cansancio
propicio a la paz y al sueño,
el cuerpo tiende al reposo,
el alma tiende a lo eterno.


7

Así como el lobo desciende a poblado,
si acaso en la sierra se ve perseguido,
huyendo del hombre que acosa a los tristes,
buscó entre las fieras el triste un asilo.

El sol calentaba su lóbrega cueva,
piadosa velaba su sueño la luna
el árbol salvaje le daba sus frutos,
la fuente sus aguas de grata frescura.

Bien pronto los rayos del sol se nublaron.
la luna entre brumas veló su semblante,
secóse la fuente, y el árbol nególe,
al par que su sombra, sus frutos salvajes.

Dejando la sierra buscó en la llanura
de otro árbol el fruto, la luz de otro cielo;
y a un río profundo, de nombre ignorado,
pidióle aguas puras su labio sediento.

¡Ya en vano!, sin tregua siguióle la noche,
la sed que atormenta y el hambre que mata;
¡ya en vano!, que ni árbol, ni cielo, ni río,
le dieron su fruto, su luz, ni sus aguas.

Y en tanto el olvido, la duda y la muerte
agrandan las sombras que en torno le cercan,
allá en lontananza la luz de la vida,
hiriendo sus ojos feliz centellea.

Dichosos mortales a quien la fortuna
fue siempre propicia... ¡Silencio!, ¡silencio!,
si veis tantos seres que corren buscando
las negras corrientes del hondo Leteo



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La palabra y la idea


La palabra y la idea... Hay un abismo
entre ambas cosas, orador sublime.
Si es que supiste amar, di: cuando amaste,
¿no es verdad, no es verdad que enmudeciste?
Cuando has aborrecido, ¿no has guardado
silencioso la hiel de tus rencores
en lo más hondo y escondido y negro
que hallar puede en sí un hombre?

Un beso, una mirada,
suavísimo lenguaje de los cielos;
un puñal afilado, un golpe aleve,
expresivo lenguaje del infierno.
Mas la palabra en vano
cuando el odio o el amor llenan la vida,
al convulsivo labio balbuciente
se agolpa y precipita.
¡Qué ha de decir! Desventurada y muda,
de tan hondos, tan íntimos secretos,
la lengua humana, torpe, no traduce
el velado misterio.
Palpita el corazón enfermo y triste,
languidece el espíritu, he aquí todo;
después se rompe el frágil
vaso, y la
esencia elévase a lo ignoto.

martes, 6 de mayo de 2014

POEMAS DE BARTOLOMÉ ARGENSOLA


Bartolomé Leonardo de Argensola nació el 26 de agosto de 1562 en Huesca y falleció el 4 de febrero de 1631 en Zaragoza. Poeta del Siglo de Oro.


Yo os quiero confesar, don Juan, primero,
que aquel blanco y color de doña Elvira
no tiene de ella más, si bien se mira,
que el haberle costado su dinero.

Pero tras eso confesaros quiero
que es tanta la beldad de su mentira,
que en vano a competir con ella aspira
belleza igual de rostro verdadero.

Mas ¿qué mucho que yo perdido ande
por un engaño tal, pues que sabemos
que nos engaña así Naturaleza?

Porque ese cielo azul que todos vemos,
ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande
que no sea verdad tanta belleza!


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Lo que merece nombre de esperanza
nace de causa de esperar dudosa,
si se espera sin ella, y fe animosa,
si con seguridad es confianza.

Si a complacer en lo imposible alcanza,
puede llamarse adulación forzosa,
y casi posesión toda otra cosa
que quita el miedo a la desconfianza;

declina Amor en quien esperar puede,
que la enajenación y encogimiento
aun discurrir al esperar prohíbe,

Y en el gozoso asombro que pretende,
contemplando posee el pensamiento
todo el bien de que nace y de que vive.



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Volverse han muchos a labranzas toscas,
que fueron sus primeros ejercicios;
tratarán los magnates y patricios
en rubias mieses y vacadas hoscas.

Dejarán las culebras ya sus roscas
en que enlazaban huéspedes novicios;
andarán los casados en sus quicios,
pues le dejan en paz su miel las moscas.

Viviráse con gusto y más sin arte,
y cesará el hablar por cartapacio,
engomar el copete y frente lucia,

y las mohatras en igual descarte.
En faltando la Corte, Rey, Palacio,
aunque limpia, Madrid será muy sucia.



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A Dios omnipotente

Señor, que miras de tu excelsa cumbre
el tiempo todo en un presente eterno,
tu imagen mira en mí, que al ciego infierno
la inclina su terrena pesadumbre.

Oh suma luz, ya la encendida lumbre
de mi gozoso abril florido y tierno
muere, y ya temo ver en el invierno
más verde la raíz de mi costumbre.

Mírala, sacro santo Rey divino,
con ojos de piedad, que al dulce encuentro
del rayo celestial verás volvella

a verte, como en vidrio cristalino
la imagen mira el que se espeja dentro,
y está en su vista dél su mirar della.


                  ****

Corneja que vestiste ajenas plumas,
ganso que le usurpaste al cisne el canto,
cuervo cuyo graznar anuncia llanto,
voz que siendo de Arcadia suena en Cumas;

como hendrija de pipa te rezumas,
el rebozo destapa, quita el manto,
ingenio de almofrex de cal y canto,
ligero como plomo en las espumas;

que dejes de enredar más el urdimbre
de parte de las Musas te conjuro,
antes que el bello Apolo te confunda.

No mezcles nuestro abril con tu diciembre;
si no, por el Estigio lago juro
que el verdugo te dé una brava tunda.


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Mi afecto, Amor, me acometió con brío,
mas no pudo rendirme a tu obediencia,
ni la exterior beldad que con violencia
dio el mismo asalto al pensamiento mío;

hasta que con más noble poderío
allanó la razón mi resistencia,
y por su autoridad y en su presencia
juró tu servidumbre mi albedrío.

Mas aunque la prisión que arrastro suena,
y sabe Cintia bien que adoro el peso,
no la oye, o no la admite, o la aborrece.

Suple o adorna tú el valor del preso,
pues su elección ya sierva no merece
que Cintia quiera asir de la cadena.


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Qué mucho que en tus lámparas, oh Vesta,
la casta luz tus vírgines desamen,
si en una tiene concubina el flamen,
fuego vecino por lo menos tuesta.

Y ella hace ostentación de tan honesta,
que siempre que ante Séneca la llamen
pasará sin temor por el examen
de recoger el agua en una cesta.

¿Es posible que al cómplice estupendo
le admitan sin horror las aras pías
que han recibido dél tantas injurias?

A Júpiter al fin yo no lo entiendo:
él castiga con rayos niñerías
y solapa sacrílegas lujurias.


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Hoy el nefando autor del color bayo
y el sacrílego vil que a hecho injuria
al sacro honor de la romana curia
son mariposas en el blanco sayo.

Guarda, Sodoma, que deciende el rayo
dela mano de Dios, con justa furia,
contra la gomorrea vil lujuria
que abrasa a España con mortal desmayo.

Saca en los hombros la virtud, Eneas,
de las llamas del ocio consumida,
si ser piadoso príncipe deseas.

Camina, Loth, con tu mujer querida;
vuelve los ojos, Corte, no lo veas,
si no quieres ser en piedra convertida.



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Últimos suspiros míos

Últimos suspiros míos,
pues que me dejáis de suerte
que, en despidiéndoos, la muerte
hinchirá vuestros vacíos,
partir con vuelo ligero
a dar nuevas del postrero
esfuerzo con que os arrojo,
si no habéis de dar enojo
con decir lo bien que muero.

Que pues no gusta esta fiera
de haberme dado la vida,
también quedará ofendida
de oír que por ella muera;
mas si entrambas cosas siente,
decidle que se contente
del fruto de sus desdenes,
pues ninguno de estos bienes
le dio voluntariamente.

Y si en ella echáis de ver
señales de compasión
(¡oh triste imaginación,
lo que me atrevo a creer!),
proseguid y acrecentad
aquella tarda piedad
hasta que mi muerte sienta
de suerte que se arrepienta
en vano de su crueldad.

Porque es tan libre y altiva,
que si no a su pecho injusto
jamás ha mostrado gusto
de que muera o de que viva;
y yo, intérprete confuso,
cuando su silencio acuso,
o el público desamor,
por cordura y por valor
lo canonizo o lo excuso.

Pues basta lo que he vivido,
ni admitido ni olvidado
que sin saber si la enfado,
soy por su ley excluido;
su vida tan trabajosa,
pues que la muerte es honrosa,
acertado el trueque fue,
que en su callar bien se ve
que no esperaba otra cosa.

¡Oh Dios, qué trasordinaria
y tiránica inclemencia
con no hacer diligencia
mostrar que no es voluntaria;
y que obedeciendo a tiento
adivinemos su intento,
y ella mire los servicios,
no obligada a dar indicios
de amor o aborrecimiento!

Por otra parte, el engaño
en que por su causa estoy,
hace sospechar que soy
yo mismo autor de mi daño,
y que el fuego donde moro,
cual salamandra lo adoro
aunque yo sigo otro estilo,
que muero como Perilo
dentro de su mismo toro.

¿Cuál es mayor maravilla,
el padecer con valor
vida de tanto rigor,
o morir por no vivilla?
Yo que no me satisfago
de sufrir sólo un estrago,
ambicioso de más gloria,
en esta última victoria
ambas maravillas hago.

Mas, triste, ya está a la puerta,
¡oh mis suspiros!, la vida
debilitada y perdida
y de espíritus desierta.
Id volando, no tardéis,
que detrás la llevaréis
como víctima al altar,
donde podréis celebrar
con llanto lo que perdéis.

Yo, cual cisne que lamento
el fin que contento espero,
¡en qué desdén vivo y muero,
que es nido y sepulcro junto!
Y mi lástima os obliga
a que cada cual le diga
que sea a todos intractable,
pues quien la mereció afable
no la mereció enemiga.