miércoles, 22 de octubre de 2014

POEMAS DE FINA GARCÍA MARRUZ



Fina García Marruz nació el 28 de abril de 1923 en La Habana, Cuba. Poetisa e investigadora literaria en el campo de la poesía, el ensayo y la crítica literaria. Su obra poética ha sido galardonada con numerosos premios, entre ellos el Premio Nacional de Literatura 1990, el Premio de Poesía Pablo Neruda 2007 y el XX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2011.  





No, no, memoria del pasado día...

No, no, memoria del pasado día
vengas sobre este sol y césped santo.
No vuelva yo a invocar refugio tanto
de lo que así se crece en despedida.


Quédeme tu intemperie y mi porfía
de caer, de volver de nuevo a alzarme,
no la raída pasamanería
que alza mi polvo y que tu luz deshace.


No me hartes de mí que hartazgo tanto
no soporta mi poca luz vencida.
Mas mi ayer fue tu hoy: no halle quebranto. 


Volver a lo pasado no es mi ruego...
¿Pero y aquel aroma de la vida?
Retenga su promesa, no su fuego.
 

                            OOOOOOOOOOOO

Ama la superficie casta y triste...

                                                      "Sé el que eres"
                                                                 Píndaro


Ama la superficie casta y triste.
Lo profundo es lo que se manifiesta.
La playa lila, el traje aquel, la fiesta
pobre y dichosa de lo que ahora existe


Sé el que eres, que es ser el que tú eras,
al ayer, no al mañana, el tiempo insiste,
sé sabiendo que cuando nada seas
de ti se ha de quedar lo que quisiste.


No mira Dios al que tú sabes que eres
-la luz es ilusión, también locura-
sino la imagen tuya que prefieres,


que lo que amas torna valedera,
y puesto que es así, sólo procura
que tu máscara sea verdadera.



          OOOOOOOOO

 Del tiempo largo

A veces, en raros
instantes, se abre, talud
real y enorme, el tiempo
transcurrido.
                       Y no es entonces
breve el tiempo. Como el pájaro
al elevarse abarca con sus alas
un diminuto pueblo o costerío,
la inmensidad de lo vivido arrecia,
y se mira remoto el ayer próximo,
en que el pico ávido bajaba
en busca de alimento.
                        ¡Qué eternidad
de soles ya vividos! ¡Y qué completa
ausencia de nostalgia! Para crecer
se vive. Para nacer de nuevo
y rehacer la mala copia original.
Para crecer, se sufre. No se quiere
volver atrás, ni tan siquiera al tiempo
rumoreante de la juventud.
                         Que no para que el rostro
luzca lozano y terso se ha vivido.
No para atraer por siempre con el fuego
de la mirada, no con el alma en vilo,
por siempre se ha de estar.
                          De cierto modo
la juventud es también como una cierta
decrepitud: un ser informe,
larva, debatíase, qué peligrosamente
amenazado. Se vivió. se salió,
quién sabe cómo, del hueco,
de la trampa:
                           valió el otro
del bosque de la vida, el pleno encanto
de los claros del sol entre lo umbrío
para pagar su precio: lo tanto
costó poco; poco el sufrir inmenso
para esta dádiva: al rostro
orne la arruga como el pecho la cinta coloreada
de un guerrero
o como al niño la medalla premia
por la humilde labor.
                            Como el avaro
el peso de un tesoro, encorva
la espalda anciana el peso
del vivir.
                             Mas ya, arriba,
a la salida, ya, se mira
hacia atrás sonriendo, renacido,
como agrietada cáscara el polluelo,
ya se van desligando las amarras,
del extraño navío, y como novio trémulo
locamente lo incierto hace señales.
costó dolor, muerte costó, la vida.
Y al tiempo, breve o largo, siempre corto,
como el relámpago del amor, se le mira
ya sin recelo ni amargura
como a las heridas de la mano, en el arduo
aprender de su oficio,
contempla el aprendiz.
Bella es toda partida.

 
                     OOOOOOO

Los extraños retratos

Ahora que estamos solos,
infancia mía,
hablemos,

olvidando un momento
los extraños retratos
que nos hicieron.

Hablemos de lo que tú y yo,
por no tener ya nada,
sabemos.

Que esta solitaria noche mía
no ha tenido la gracia
del comienzo,

y entré en la danza oscura de mi estirpe
como un joven tristísimo
en un lienzo.

Mi imagen sucesiva no me habita
sino como un oscuro
remordimiento,

sin poder distinguir siquiera
qué de mi pan o de mi vino
invento.

En el oscuro cuarto en que levanto
la mano con un gesto
polvoriento,

donde no puedo entrar, allí me miras
con tu traje y tu terco
fundamento,

y no sé si me llamas o qué quieres
en este mutuo, extraño
desencuentro.

Y a veces me parece que me pides
para que yo te saque
del silencio,

me buscas en los árboles de oro
y en el perdido parque
del recuerdo,

y a veces me parece que te busco
a tu tranquila fuerza
y tu sombrero,

para que tú me enseñes el camino
de mi perdido nombre
verdadero.

De tu estrella distante, aparecida,
no quiero más la luz tan triste
sino el Cuerpo.

Ahonda en mí. Encuéntrame.
Y que tu pan sea el día
nuestro.

        OOOOOOOOOOOO

Una cara, un rumor, un fiel instante...

Una cara, un rumor, un fiel instante
ensordecen de pronto lo que miro
y por primera vez entonces vivo
el tiempo que ha quedado ya distante.

Es como un lento y perezoso amante
que siempre llega tarde el tiempo mío,
y por lluvia o dorado y suave hastío
suma nocturnos lilas deslumbrantes.

Y me devuelve una mansión callada,
parejas de suavísimos danzantes,
los dedos artesanos del abismo.

Y me contemplo ciega y extasiada
a la mágica luz interrogante
de un sonido que es otro y que es el mismo.

          OOOOOOOOOOOO

Y sin embargo sé que son tinieblas...

Y sin embargo sé que son tinieblas
las luces del hogar a que me aferro,
me agarro a una mampara, a un hondo hierro
y sin embargo sé que son tinieblas.

Porque he visto una playa que no olvido,
la mano de mi madre, el interior de un coche,
comprendo los sentidos de la noche,
porque he visto una playa que no olvido.

Cuando de pronto el mundo da ese acento
distinto, cobra una intimidad exterior que sorprendo,
se oculta sin callar, sin hablar se revela,

comprendo que es el corazón extinto
de esos días manchados de temblor venidero
la razón de mi paso por la tierra.

          OOOOOOOOOOOO

   ¿De qué silencio eres tú silencio?

¿De qué silencio eres tú silencio?
¿De qué voz, qué clamor, qué quién responde?
Abismo del azul, ¿qué hacemos en tu seno,
hijos de la palabra como somos?
¿Qué tienes tú que ver, di, con nosotros?
¿Cómo si eres ajeno, así nos tientas?
¿Habría sed de no haber agua cierta?
¿O quién vistióme de piedad los ojos?
¿Puedo poseer, pequeña, don inmenso
que faltase a los cielos y a las aguas?
Y él ¿podría morir, sobreviviendo
menor que él, todo el fulgor del cielo,
quedar la tierna luz indiferente
al fuego que, irradiando, ha suscitado?





martes, 21 de octubre de 2014

LOS CULPABLES DE TODO

Este es el artículo de Javier Cercas que al parecer ha sentado tan mal a ciertos sectores de Cataluña y está por ello siendo apaleado.


Los culpables de todo
A principios de agosto declaró Artur Mas que “la recuperación económica tiene acento catalán”, porque “en Cataluña las cosas se hacen mejor”. El optimismo de nuestro líder independentista es imbatible: lo acosan problemas descomunales, pero allí sigue, impertérrito y sonriente, prodigando buenas noticias. En el fondo es natural: para los independentistas catalanes ya todo es una noticia favorable; quiero decir, una noticia que hace la independencia, más que necesaria, imprescindible: pase lo que pase, se diga lo que se diga y lo diga quien lo diga (Merkel, la Comisión Europea, el BCE, el FMI o el sursuncorda), la independencia de Cataluña es la solución a nuestros problemas. A estas alturas el independentismo, que intentó meritoriamente presentarse como un proyecto racional, ya es sólo un acto de fe (como enamorarse o creer en las brujas, que por cierto también eran meritoriamente presentadas como reales), y quien no es capaz de compartir la fe o la pone en duda, como Raimon, se convierte en un hereje o, lo que es peor, en un nacionalista español. Como el ladrón cree que todo el mundo roba, el nacionalista cree que todo el mundo es nacionalista, igual que si el nacionalismo fuese congénito al ser humano y no un invento romántico con apenas dos siglos de existencia. Así que, según Mas, cuando las cosas van mal, los responsables son los españoles, pero, cuando van bien (o parece que empiezan a ir bien), los responsables somos los catalanes.
Tiene toda la razón. En realidad, lo que hace Mas no es sino llevar a la exasperación (o al ridículo) un instinto fundamental de los hombres: responsabilizar a los demás de nuestros males; esto, que a la larga es catastrófico, de momento provoca un gran alivio, una satisfacción total, porque significa que el responsable de mis males no soy yo. Si bien se mira, es lo que, quién más quién menos, hace todo el mundo. Semanas atrás contaba en esta columna que, de un tiempo a esta parte, la gente de mi generación –cuarentones y cincuentones que no hicimos la Transición–hemos encontrado un culpable de todas nuestras desdichas políticas, económicas y morales: la Transición; es decir: papá y mamá, que fueron quienes hicieron la Transición. No importa que desde la Transición hayan transcurrido más de treinta años y que en todo este tiempo nosotros no hayamos hecho nada para arreglar lo que había que arreglar: los culpables siguen siendo papá y mamá. Por otra parte, para el Gobierno del PP el responsable de nuestros males fue el Gobierno del PSOE, que gobernaba cuando estalló la crisis, y para el PSOE el responsable es el Gobierno del PP. IU y UPyD consideran que el mal es el bipartidismo PP-PSOE, mientras que Podemos sostiene que la mala es toda la clase política, incluidos IU y UPyD. Los ciudadanos consideramos por nuestra parte que la culpa es de los políticos, incluidos –dentro de dos días– los de Podemos. Sobra aclarar que esta pasión por la irresponsabilidad no es una tara nacional. Para Marine Le Pen y Nigel Farage, que arrasaron en Francia y Reino Unido durante las últimas elecciones europeas, los franceses y los ingleses no son los responsables de sus desdichas, qué va, sino Bruselas o, en su defecto, Merkel. Netanyahu no se siente en absoluto responsable de los casi 2.000 muertos de Gaza, y Hamás está seguro de que el responsable único de la matanza es Netanyahu. Quien crea que Hitler sintió alguna vez remordimientos por la muerte de cincuenta millones de personas es que aún no se ha enterado de cómo funcionamos los hombres. En cuanto a mí, ¿quién tiene la culpa de que no haya escrito El Quijote, Moby Dick o El proceso? Mi madre, que me educó fatal. ¿Y quién tiene la culpa de que, a mi edad, todavía vaya vestido como un alumno de los maristas, con la camisa llena de lamparones? Mi mujer, que me compra la ropa. ¿Y quién tiene la culpa de que cada uno de mis libros no venda dos o tres millones de ejemplares como mínimo? Mi editor, que aún no se ha enterado de que soy un genio. ¿Y quién tiene la culpa de que cada semana no se publiquen tantas cartas al director elogiando entusiastas mis artículos como las que se publican elogiando los artículos de Javier Marías? El director de este suplemento, que la tiene tomada conmigo.