sábado, 19 de julio de 2014

POEMAS DE ALFREDO GANGOTENA


Alfredo Gangotena nació en Quito en 1904 y falleció en esta misma ciudad en 1944. Su estilo poético está dentro del modernismo marcado por el simbolismo francés.




Los amotinados

¡Ah, risa loca!
¿Henos aquí tus compañeros
Ilustres en la ciudad de los políperos?
¡Dispara y modela la línea de nuestra muerte!
Anda, corre y toma entre los astros tu noble impulso.
¡La tierra para nosotros!  ¡Y en nuestra angustia
Más bien el cieno de los cerdos
Que el hueso que flota
Como leño podrido del alud!
Escucha cómo, avarienta, la oreja ronca,
Encenegada, después de los calados.
Pero cuídate, sostén de nuestro amor:
Los perros que te rodean
Sabremos allanar los caos y los letargos.
¡Ya la uña se aguza en el viento de altamar!

El cinto y el carbúnculo en la muchedumbre,
¡El anillo constrictor para extenuarte!
Basta de palabras de embrujo
Y del filtro que extraemos de nosotros mismos.
¡Ah! ¡Qué bien se vacía el odre de la sierpe
En el artificio de tus canciones!



                  *  *  *  *  *  *  *

Pero Él

¡Amén, Silencio! El paso se inquieta en el suelo de las gamas.
Recojamos las melódicas flores de la pastoral
Para nuestras tiernas hermanas.
Venid todos, mordamos los barbechos; para nosotros los peces y el arsenal.
Agua disipada de ámbar en la resonancia estelar.
¡Que el mundo alterado inicie las rutas del relámpago!
Íntimamente intactos, oh cementerios, de mi fósforo,
Enrollad vuestro mar deslumbrante, vuestro océano sonoro.
Entre la inmovilidad de los tallos que el astro confunde
Están mis labios arrastrándose en esas lágrimas y áureas bebidas.
Las formas se lanzan a la conquista del viento.
Alojad a ese anciano, advientos, nitidez,
La espalda ya no soporta bajo tanta oscuridad.
¡Me bastas, cohorte, y me atormentas!
Maldición, ¿qué vigilancia me sujeta hacia atrás las huellas?
Ave de infortunio, tú serpenteas, ave
Implacable, en mi cerebro.
Brujas, silba el veneno de vuestros dedos;
¿No soy acaso digno de vuestras cábalas?
Un cargado aliento -floración más rara-
Injuria violentamente a los que viven en las charcas.
Fuerzas secretas, ¡para mí el magisterio de vuestros cenáculos
Si desfallezco!
Sin embargo, tal cálculo
Era fórmula cierta y hecho de milagro,
Solemne y bajo vuestras cúpulas protegido,
¡Oh lámpara de ceguera!


                       *  *  *  *  *

 Mi semblante sumiso en la extirpación de las palabras...


Mi semblante sumiso en la extirpación de las palabras,
Mis manos esparcidas en el horror.
Todo en sombras, arisco, fluyente y transido
De los fríos sudores que he sangrado en mi noche.

Mis ojos asesinados transpiran su lodo contra los muros.
Mis fláccidas axilas de ningún modo me han sostenido.
¿Para qué frecuentar vuestras opulentas moradas?
Os dejo en gran duelo, nativos fantasmas.

Escuchadme: no puedo dejar de ajustarme
A la onda musical de vuestros sospechosos escarceos.
Pero pálido en su furor inminente,
Como el ala erguida bajo sus profundidades de huracán,
Enhiesto y bien plantado, Él solo me esperaba.
¿Y la vejez cercana en torno de mis lágrimas?
En la canícula de este adormecido vientre-
Incubo mis entrañas, mi suerte y mi dolor.

Impelido sobre la tormenta y el pulso de mis venas,
Respiro hacia adelante y mi destino me precede.
Con toda mi pesantez, en Él me he sumergido. .

Estrepitosamente, he gritado los gritos en mi boca:
¡Aquí abajo, el Inminente!
Detenidas por el rumor de su potencia,
Las heridas aguas vierten los juramentos a sus plantas.

Señor enhiesto sobre los rayos de su armadura,
Fulgente en el acero de su inmovilidad,
Para la batalla en dondequiera, Él solo me esperaba.
Voces como piedras gruñen bajo la luna.

Él no me detiene ni menos el ala rumorosa
Del astro de los muertos, suspendido sobre mi tienda.
¡Su ejército? ¿Acaso replegado y sordo en la espera?
¡Cómo! ¿Acaso pensaba hurtarlo y arrebatarlo por azar
A la gran águila de mis miradas?

¿Qué calor me asfixia en estos sudores?
Mis dientes se estremecen, rojos de carne de la posesión.
¿Se deshacen mis músculos bajo las rocas implacables?
La selva me grita: ¡cuidado!
Sacudiendo de despecho su milenario follaje
Sobre mi cuerpo jadeante.
¡Oh lágrimas, qué hundimiento
Y qué polos de oprobio alcanzados en esta ruina!

Él solo me esperaba.
Sus pájaros carnívoros recorren mi silencio.
¡Así sea! Si he sufrido la verde huella de sus ojos.
.Centella de tormenta, Él se precipita de súbito
En la ruta escabrosa de su blanco viaje.

Él partió con el gran viento de alas de la noche .
Y me he quedado inerme y desnudo en la desesperanza,
Toda de cal y de ceniza, mi carne, bajo el remolino
De su vuelo ensordecedor.
Mi corazón, de soslayo, en la hondura de la Medianoche.
¡Helo aquí yacente en la hez y en la vergüenza,
Sucio de excremento bajo la resina de mis ojos
Palpitantes, perdido en la tiniebla, la bilis,
El amarillo polvo y el desprecio!


                *   *   *   *   *

Vestido de púrpura me suspendo perplejo en esta
     medianoche que zozobra.
A decir verdad oigo golpear,
     pasos insólitos golpear la pesantez de la sombra.
Temibles, inesperados, estos pasos
     cuya gravedad sonora me estremece hasta en la
     intimidad más guardada de mi espíritu.
Vestido de púrpura me suspendo perplejo en esta
     medianoche que zozobra.

El cielo, en su fluidez mental, persiste en reconstruirme las
     modulaciones de este llamado.
Mis ojos se empañan de lágrimas.
¡Es Ella, pero Ella! sin lugar a dudas.
¡Ella!
Y toda la luna,
     desde lo alto de los viejos bosques,
     desde lo alto de las noches, despliega su helada sobre mi
     pensamiento.

El recuerdo endurece de negro las puertas,
Sin embargo, en esta invernal quietud, yo me ciño a
     acechar y esperar -cuando todo alrededor, en la gran
     noche de estrellas heladas,
     todo alrededor desfallece la flora-
A acechar el sombrío espacio de noche -hasta que el
     último lobo, con trote furtivo, recobra su cubil perdido.

Muchos pájaros, nacidos de muchas arcanas comarcas,
Los oigo golpear en la corriente endurecida del cristal
     iluminado.
Y mi frente se despliega
     en este deseo de las aguas que mecen la diafanidad visual de los sueños.

El viento del cielo me estremece en el más solemne párpado.
Y ningún Espíritu errante se mostraría esta noche, por nada del
     mundo, en este lugar desierto en donde mi desastre lo llama.
Ningún Espíritu, en tanto que la noche se revela maldita y
     pesada y llena de témpanos fúnebres:
     la última estación del polo.

Yo yacía extendido allí, con todo mi cuerpo, allí en la
     sombría soledad de mis pensamientos,
Cuando esos pasos, de golpe sentidos en lo invisible, de
     golpe vinieron a definir mi cielo.
Con gran estrépito abrí entonces la puerta, y la abrí, de
     repente: primera sobre esta comarca nueva que perturbo.

He aquí pues a la luz mis manos,
     en la blancura nocturna de mi frente.
En sus alientos, mis manos: líquidas y transparentes de la
     leche filtrante de este llamado.
Mi Amor, yo te espero en la totalidad pura de tu
     presencia.

Y la puerta en la noche se abrió, de repente, de un solemne batiente,
     que ella dejó, por esta velada lúgubre, en mi corazón
     derramarse toda la sangre de tu belleza. .
¡Y tus senos sobre mí! y sus sedas lunares derramaron tal
     extraña blancura sobre mí,
En el ala líquida de mi carne, sobre mí:
     para encantar mi espíritu, el espacio y la duración,
     ¡oh lágrimas! a morir.
De este hecho, mi Amor, vences todo tropiezo, toda atadura,
     todo estado anterior de ley,

Me respondes en el delirio y los perfumes,
Mis manos te envuelven en el llamado
     y mi temblor te busca por todos lados en la eternidad
     triunfal de tus brazos,
     en la blancura sobre mi, de toda tu carne sobre mí.

Mi cabeza aturdida rueda a la sombra dulce de tus miradas.
Me has tomado en la fuerza tórrida de tu clima,
¡Oh Sin par! en la carne misma de tu presencia.
Tu boca me ha tomado,
Y caigo pesado y verdadero en las columnas primordiales
     de tu sangre.

Mi Amor, te llamo,
     y tu vientre ilimitado brilla con el más tierno resplandor
     en la boca ávida de mis caricias.
Y de tu carne amada, vuelvo,
     ciego vuelvo en el insostenible vértigo.
Tu carne en el centro abierto de mis entrañas.
¡Tu carne en el absoluto de mi exilio!

Te llamo, Mi Amor, ¡oh Tú!
     Muero, esta noche, en la árida fraternidad de las arenas,
     esta noche colmada de astros y de jardines.
Pero de tu cuerpo fiel, y de tu sangre en la memoria activa
     de mis pensamientos, pero de Ti lustral, de ti y de tu
     desnudez nupcial en mí,
Mi Amor, ¡el deslumbrante sol jamás se extinguirá!

lunes, 14 de julio de 2014

POEMAS DE PAULO GONZÁLVEZ DE ANDRADE



Este poeta nació en Portugal en 1632 y falleció en 171?. No ha sido posible encontrar más datos biográfico.





Desde que en lechos de zafir reposas...

Desde que en lechos de zafir reposas,
y que por sendas de cristal caminas
derramando tus urnas cristalinas
en favor de las playas arenosas,


y desde que con fuerzas caudalosas
a conquistar el mar te determinas,
bañando tus corrientes peregrinas
de Ulisipio las márgenes famosas;


mientras, depuesta la arrogancia, hiciste
espejo sosegado el agua pura,
que a tantas hermosuras ofreciste,


en cuantas viste, oh Tajo, por ventura
en tantos años de camino, ¿viste
igual a la de Silvia otra hermosura?



                     *  *  *  *  *  *  *

Música y hermosura

Bien parece tu voz sonora y pura,
por bocas de claveles despedida,
corriente, que del Cielo procedida,
se desata en armónica dulzura.

Ondas de voz y rayos de hermosura,
dulcísimos peligros de la vida,
dos glorias son, adonde dividida
la noticia del Cielo se asegura.

Miro el cielo, oigo el Cielo; en divididos
grillos de suavidad, sonora y muda,
presa la libertad de los sentidos;

y en confusiones de gloriosa duda,
en los ojos feliz, y en los oídos,
no sabe el alma a cuál primero acuda.


                          *  *  * *  *   *  *

Si igual la voz al sentimiento fuera...

Si igual la voz al sentimiento fuera,
como mi sentimiento a tu hermosura,
de los agravios de la edad, segura
mi pena, oh Silvia, y tu beldad viniera.

Dichosa envidia a las edades diera
en tu merecimiento, mi ventura,
y absorto el mundo, de tu lumbre pura
en mis incendios, los efectos viera,

que si tanto debiera a mi cuidado,
yo dejara en mis versos construido
un templo a tus grandezas dedicado,

donde, en común ofensa del olvido,
yo quedase en tu nombre eternizado,
tú venerada, Amor obedecido.


                          *  *  *  *  *  *  *


 Siembra de aquellas flores, que al tocado...

Siembra de aquellas flores, que al tocado
tu mano trasladó desde tu seno,
las verdes faldas deste prado ameno,
que sale Silvia -blanca Aurora- al prado.

Tú, depuesto el ardor, oh sol dorado,
falto de ardores, y de luces lleno,
el campo dora de esplendor sereno,
luminoso esta vez y no abrasado.

Pero, qué importará que el campo agora
de flores siembres ni de rayos dores,
si sale mi bellísima pastora,

que de flores copiosa, y de esplendores,
soles los ojos y la boca aurora,
despide rayos y derrama flores.


                           



domingo, 13 de julio de 2014

POEMAS DE CAROLINA CORONADO



Carolina Coronado Romero de Tejada, nació el 20 de diciembre de 1820 en Almendralejo, Badajoz y falleció el 15 de enero 1911 en Lisboa. Poetisa, dramaturga y narradora. 






¡Ay! transportad mi corazón al cielo!

Ángeles peregrinos que habitáis
las moradas divinas del Oriente
y que mecidos sobre el claro ambiente
por los espacios del mortal vagáis.

A vosotros un alma enamorada
os pide sin cesar en su lamento
alas, para cruzar del firmamento
la senda de los aires azulada.

Veladme con la niebla temerosa
que por la noche ciega a los mortales,
y en vuestros puros brazos fraternales
llevadme allá donde mi bien reposa.

Conducidme hasta el sol donde se asienta
bajo el dosel de reluciente oro
el bien querido por quien tanto lloro,
genio de la pasión que me atormenta.

¡Ay! Transportad mi corazón al cielo,
y si os place después darme castigo,
destrozadme en los aires y bendigo
vuestra piedad y mi dichoso vuelo.



                *  *  *  *  *  *  *

El amor de los amores

I
¿Cómo te llamaré para que entiendas
que me dirijo a Ti, dulce amor mío,
cuando lleguen al mundo las ofrendas
que desde oculta soledad te envío?...

A Ti, sin nombre para mí en la tierra,
¿cómo te llamaré con aquel nombre,
tan claro que no pueda ningún hombre
confundirlo, al cruzar por esta sierra?

¿Cómo sabrás que enamorada vivo
siempre de Ti, que me lamento sola
del Gévora que pasa fugitivo
mirando relucir ola tras ola?

Aquí estoy aguardando en una peña
a que venga el que adora el alma mía;
¿porqué no ha de venir, si es tan risueña
la gruta que formé por si venía?

¿Qué tristeza ha de haber donde hay zarzales
todos en flor, y acacias olorosas,
y cayendo en el agua blancas rosas,
y entre la espuma libros virginales?

Y ¿por qué de mi vida has de esconderte?
¿Por qué no has de venir si yo te llamo?
¡Porque quiero mirarte, quiero verte
y tengo que decirte que te amo!

¿Quién nos ha de mirar por estas vegas,
como vengas al pie de las encinas,
si no hay más que palomas campesinas
que están también con sus amores ciegas?

Pero si quieres esperar la luna,
escondida estaré en la zarza-rosa,
y si vienes con planta cautelosa,
no nos podrá seguir paloma alguna.

Y no temas si alguna se despierta,
que si te logro ver, de gozo muero,
y aunque después lo cante al mundo entero,
¿qué han de decir los vivos de una muerta?



                            *  *  *  *  *  *  *  *  *


Nada resta de ti...

Nada resta de ti..., te hundió el abismo...,
te tragaron los monstruos de los mares...
No quedan en los fúnebres lugares
ni los huesos siquiera de ti mismo.

Fácil de comprender, amante Alberto,
es que perdieras en el mar la vida,
mas no comprende el alma dolorida
cómo yo vivo cuando tú ya has muerto.

Darnos la vida a mí y a ti la muerte;
darnos a ti la paz y a mí la guerra,
dejarte a ti en el mar y a mí en la tierra
¡es la maldad más grande de la suerte!...


                  *  *  *  *  *  *  *  *

La rosa blanca

¿Cuál de las hijas del verano ardiente,
cándida rosa, iguala a tu hermosura,
la suavísima tez y la frescura
que brotan de tu faz resplandeciente?

La sonrosada luz de alba naciente
no muestra al desplegarse más dulzura,
ni el ala de los cisnes la blancura
que el peregrino cerco de tu frente.

Así, gloria del huerto, en el pomposo
ramo descuellas desde verde asiento;
cuando llevado sobre el manso viento

a tu argentino cáliz oloroso
roba su aroma insecto licencioso,
y el puro esmalte empaña con su aliento.


                   *  *  *  *  *  *  *  *


La luna es una ausencia

Y tú, ¿quién eres de la noche errante
aparición que pasas silenciosa,
cruzando los espacios ondulante
tras los vapores de la nube acuosa?

negra la tierra, triste el firmamento,
ciegos mis ojos sin tu luz estaban,
y suspirando entre el oscuro viento
tenebrosos espíritus vagaban.

yo te aguardaba, y cuando vi tus rojos
perfiles asomar con lenta calma,
como tu rayo descendió a mis ojos,
tierna alegría descendió a mi alma.

¿Y a mis ruegos acudes perezosa
cuando amoroso el corazón te ansía?
Ven a mí, suave luz, nocturna, hermosa
hija del cielo, ven: ¡por qué tardía!


                        *  *  *  *  *  *  *  *  *  *
  
 ¡Oh, cuál te adoro!

¡Oh, cuál te adoro! Con la luz del día
tu nombre invoco, apasionada y triste,
y cuando el cielo en sombras se reviste
aun te llama exaltada el alma mía.

Tú eres el tiempo que mis horas guía,
tú eres la idea que a mi mente asiste,
porque en ti se encuentra cuanto existe,
mi pasión, mi esperanza, mi poesía.

No hay canto que igualar pueda a tu acento
cuando mi amor me cuentas y deliras
revelando la fe de tu contento;

tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,
y quisiera exhalar mi último aliento
abrasada en el aire que respiras.


                       *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *

Gloria de las glorias

Es dulce recordar sueños de niño,
el vago acento de la edad primera
que en nuestro oído resonar hiciera
el ángel que anunció nuestro cariño;
cuando figuro que tu cuello ciño
en esa edad tranquila y placentera,
embriagada mi alma en sus memorias
digo que amor es gloria de las glorias.

Y es más dulce los sueños juveniles
recordar de esta vida enamorada
que siempre de ilusiones sustentada
consagra a los amores sus abriles;
yo te sabré cantar recuerdos miles
de esta pasión divina y encantada
que forma en sus combates y victorias
de nuestro amor la gloria de las glorias.

De una tarde serena de reflejos
sobre tu bello rostro apasionado,
la sombra de aquel valle sosegado
donde encontramos a los pobres viejos,
el canto de la tórtola a lo lejos
y el beso de las auras regalado
me inspiraran poéticas historias
para tu amor que es gloria de mis glorias.

Te cantaré la llama indefinible
del entusiasmo que en mi ser palpita,
la sed ardiente que mi sangre irrita,
la fe de mi pasión indestructible;
la fuerza de tu encanto irresistible
que mi vida en insomnios debilita,
y pálido y temblando a estas memorias
dirás que amor es gloria de las glorias.

No pienses que al ceñir prendas de orgullo
coronas que los genios conquistaron
esas frentes dichosas palpitaron
cual yo de tus acentos al murmullo;
no hay eco en la creación, no hay canto, arrullo,
aplausos que los hombres inventaron,
que no parezcan dichas transitorias
ante ese amor que es gloria de mis glorias.

En vano la ambición arde y se agita
abrasando a los débiles mortales,
y conquista laureles eternales
cuando la flor del alma está marchita;
de otra deidad más alta y más bendita
invoquemos placeres celestiales.
Porque entre tantas dichas transitorias
tan sólo amor es gloria de las glorias.

Sé que la sombra del dolor me sigue,
se que la vida perderé en el llanto,
sé que este amor tan inocente y santo
no ha de lograr la paz que lo mitigue;
pero bendigo el mal que me persigue,
las lágrimas, las penas, el quebranto,
y bendigo mis dichas ilusorias
porque es tu amor la gloria de mis glorias.


               *  *  *  *  *  *  *  *

El pájaro perdido

¡Huyó con vuelo incierto,
y de mis ojos ha desparecido!
¡Mirad si a vuestro huerto
mi pájaro querido,
niñas hermosas, por acaso ha huido!

Sus ojos relucientes
son como los del águila orgullosa;
plumas resplandecientes
en la cabeza airosa
lleva, y su voz es tierna y armoniosa.

Mirad si cuidadoso
junto a las flores se escondió en la grama:
ese laurel frondoso
mirad rama por rama,
que él los laureles y las flores ama.

Si le halláis por ventura,
no os enamore su amoroso acento;
no os prende su hermosura:
volvédmele al momento,
o dejadle, si no, libre en el viento.

Porque su pico de oro
sólo en mi mano toma la semilla,
y no enjugaré el lloro
que veis en mi mejilla
hasta encontrar mi prófuga avecilla.

Mi vista se oscurece
si sus ojos no ve, que son mi día;
mi ánima desfallece
con la melancolía
de no escucharle ya su melodía.


             *  *  *  *  *  *  *

Epitafio a un niño



Duerme, Niño, el sueño blando
en esta cuna escondida,
aunque tu madre llorando
por tu existencia llamando
quiera volverte a la vida.

Porque en la noche sombría
de nuestra vida ilusoria
no has de encontrar, alma mía,
la luz del eterno día
que has encontrado en la gloria.