viernes, 9 de mayo de 2014

POEMAS DE GUSTAVO SOLÓRZANO ALFARO



Gustavo Solórzano Alfaro, nació en Alajuela, Costa Rica, el 15 de enero de 1975.Profesor, poeta y ensayista, 


 


Balada

Hoy me duele más que nunca tu mirada. 
Hoy me duele esta casa, tan grande y tan vacía. 
Me duele el deseo y me sabe a tiempo tu palabra. 
Me duelen las distancias, me duelen las ventanas, 
y las notas de un piano sumergido en las tinieblas. 

Esta mañana es una de esas 
que irrumpen en tu cuarto y te desnudan en silencio, 
te acosan y te gritan con sonidos secos, 
con nombres sordos, con espejos brillantes 
que no cesan de iluminar una esquina, 
un recodo de mi pecho, una estancia del recuerdo. 

Esta mañana está vacío el mundo y quietas las aguas. 
Están detenidos los almuerzos y las reuniones, 
están abarrotadas las librerías y vacíos los cafés. 
En una esquina de mi cuarto escucho el llanto. 
Escucho tu latir desesperado y tus venas agolpadas. 

Hace ya tantos días y mi hermano no regresa. 
Su cuarto está vacío desde el último rincón del sueño. 
Tiemblo en las tardes al pensar que no se duerme, 
tiemblo al recordar que su nombre es una tumba 
y su alma una montaña. 

De todos los que lloran, 
es mi madre quien más sufre: 
come a deshoras y habla poco.


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Pronunciarte 

Déjame
que con mi última ternura
alfombre tus pasos que se van.

                               Vladimir Mayakovski



Déjame contarte, querida niña,
que no se me acabe la memoria.

Déjame abrirme en tu carne,
amoldarme a tus huesos,
herirme en tu alma.

Déjame sorber tus ojos
como rodajas de cielo fresco,
y déjame robar
la espina que sube a tu cuello.

Déjame contarte, querida niña,
de mis viajes terrenales
a la gruta del miedo
o al triste pasaje
de mis más guardados recuerdos.

Déjame decirte
que hoy sé de abismales presagios,
de tus manos asustadas
y tu cara de encino.

Déjame tomarte libre de tardes,
de coronas impías coronando tus senos.
Déjame tenerte entre mis labios...

... yo quisiera que oprimieras mis labios,
y así, jamás decirte que te quiero.
 


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La condena 

Soy la última bandera que ondea, 
el último bastión de los perdidos. 
La escaramuza en la plaza, 
el licor de los malditos, 
el redentor de los ciegos, 
el mártir del ensueño. 
El último animal que se devora, 
la última señal en la vigilia. 

Soy espacio y estrellas, 
mástil que tambaleante se aferra, 
puerta hacia el infierno y paraíso en ruinas. 
Soy quien no te mira, quien no canta, 
quien no peca ni claudica. 
Quien abre las ventanas de tu nombre herido 
para rescatar del pasado el aliento, 
la maña, el colmillo, la flecha y la daga. 
Soy quien come a deshoras y habla poco; 
quien se tiende en tu lecho para dormir la siesta. 
El último emisario que tu casa habita, 
el último hermano que de sangre vive. 
El pequeño que se esconde en la mesa, 
el tirano que arroja los pestillos 
hasta encontrar la salida de este laberinto, 
de este jardín donde los frutos se han perdido, 
donde todas las sombras reclaman 
y todos los abismos se olvidan. 
La alimaña viva en tu carne muda, 
el amante dulce en tu espalda abierta, 
el capitán volátil de tu barco enhiesto. 
Soy inmortal y soy perecedero, 
soy todos los imperios y soldados, 
todos los reyes y princesas, 
los enanos y bufones, consejeros y asesinos. 
El pájaro intacto de la noche ígnea, 
el ladrón imposible de la nada. 

Pero no fue sino hasta hoy, en medio de la tarde, 
que supe quién era el enamorado, 
quién la doncella y quién la tarde. 
Hoy descubrí que cargabas la cruz y las llagas, 
que soñabas con dioses de piedra, 
que hablabas con la muerte como hablar conmigo. 
Hoy estoy calmado. Estoy de pie y dudando. 
Aguardando este presagio 
de que el mundo sea de aire y yo de asfalto. 
Yo de hierro, yo de odio, yo de sangre y lentejuela. 
De savia perforada y hambres que se olvidan. 
Yo de mentira, de aspaviento, 
de aullido y de lujuria; de ríos y legiones. 

Seguiré siendo el frío intenso, 
el impío final que te calumnia. 
Un instante, una rosa, un pedestal, 
un grillete, un amuleto; 
una mancha en la pared del fondo, 
una silla, un cigarro, 
una despensa, una fiesta y un sudario. 

Soy una insignia, 
un medallón de tus batallas, 
un dedal en tu cabello, 
una tumba en tu mirada. 

El último, el primero, 
el que no acaba, el que no cesa, 
el anciano cruel que sodomiza, 
el villano oportuno que no calla, 
el demonio brutal que te condena, 
el arcángel feroz que te culmina. 

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Despedida

Hoy, adiós, día primero,
último de cada mes.
El todo en la savia que asciende,
el todo en la savia que anuncia
el fatal acento de las palomas
que no pueden volar más que sus alas,
que no saben cantar
sus atroces melodías de presagio
durante una tarde entera,
una tarde llena de olores y cortinas
blancas y voladas,
recogidas en la niebla de los gritos
sumergidos por tu cuerpo.
La erección que palpita
y palpitando quema la pupila,
el sillón, tu falda,
el pesado óleo de tus besos
jamás pintados
o tomados en serio.
El latir burlesco de algún hueso,
La clavícula etérea de tus ojos.

Aquí yazgo perdido,
acurrucado en tu seno,
adormilado en tu espalda,
mojado, quieto, taciturno,
violento cuando más quiero serlo
para besarte con lágrimas que invento
y llorarte con sudores tranquilos
que no me queden pequeños,
que invento para tenerte,
que tiendo una rosa en tu cama
y las espinas brotan de tu cuello
y me duermo cansado
porque tu voz ya se ha despedido
y mis pies, acaso temerarios,
despuntan el día, el viento,
y tu pelo languidece y atravieso
el monótono perfil de tu juego,
el furioso arrebato de tu sexo.

Aquí me tienes de una vez por todas
-rendido y apaciguado mortal-.
Cortadas las alas las palomas se resisten,
el canto salta, emerge, duele,
y tus manos acarician el día.
Mis brazos, hartos de quererte,
de despedirse cada año, cada siglo,
cada mes que me abandonas
y dejas las perchas vacías de la sala
y el comedor brillante de los cielos.
Me cuesta tanto y a la vez lo presiento:
El néctar se ha detenido.
No me mires, más no te alejes.
Aquí te espero, me arrepiento...
pero no lo grito, me callo...