domingo, 29 de junio de 2014

POEMAS DE FELICIANO MEJÍA


Feliciano Mejía Hidalgo nació el 9 de febrero de 1948 en Abancay, Perú. Poeta, narrador y periodista, estuvo en el Movimiento Hora Zero. Es uno de los poetas más vitales de los 70, su poesía se posiciona, a menudo,  en lo social.






Tesoros de piratas 

El Bucanero tiene una alegría magra,
estentórea y gritona, dos hijas
y una hermosa esposa
que ríe y llora y que vuelve a reír
y bebe y se emborracha
de cuando en vez;
y tiene un pelo largo retinto de señora
o Jesucristo -vaya, y escoja Ud.-
un largo párpado roto,
un grueso diente de oro,
una sobada papada de obispo,
diez dedos gordos como puros morenos,
un collar de platino,
un pecho de gorila,
una agreste voz de niño
donde se acurruca su ternura de felpa,
un corazón enternecido del tamaño de un amanecer de Nebraska,
una mejilla partida de un hachazo,
recuerdo veloz de una noche de alcohol y marihuana
por los prados ventosos de Coalinga,
un auto azul turquesa del tamaño de un burro
o de un carretón de transporte de coles,
una barriga señorial y respetuosa,
una casa alquilada, precaria, cariñosa,
caliente y fría, según el temporal;
y su grito de guerra que es antorcha y es médula
en su peregrinar.

Y con esos tesoros
comienza a construir
una muralla que no tiene por dónde terminar.



            *  *  *  *  *  *  *  *  * 

Tango del malvado

Es malo y sufre.

Malvado hasta la santidad.

Y le duele el alma hasta las cachas
y ríe con risa de lata
y duerme con angustia de cernícalo.

En sus noches dementes
oigo su cantar
enmohecido, arrugando el aire.

Tortuoso hasta hacer marchitar
las begonias de la casa
de la mujer que ama.

Es malo, quiróptero,
y anida en su mañana
de brea chamuscada.


     *  *  *  *  *  *  *

Toros

Los toros que van a morir
esperan en su aprisco,
ebrios de sol
y de cansancio
y de grasa.

(las olas vienen y van, azules)

Los toros que van a morir
están parados -moscardón-moscas-bisbiseos-
en la tabla sin fin de la espera,
ahuecados por la luz mortecina
de lámparas eléctricas esmirriadas.

(las sombrillas por miles
se rasmillan con el viento caldeado
y con los gránulos de arena)

Los garfios de los ganchos
estáticos-serenos;
las reses,
emporcadas sus pezuñas
en el cieno surgido de sus vientres.

(el sol caldea las pieles
repletas de aceites...
masticaciones-alcoholes-televisores
altoparlantes y gritos de carteles
en cada centímetro de este mundo
donde el sol cae)

Los toros.....


             *  *  *  *  *  *  *

Taranta

Huellas de muerte en el polvo
raya la niña suicida;
alfanjes, sus brazuelos moros,
alfanjes agudos, sus pestañas.

Bajo el aliento caldeado
de maitines, bajo el árbol
plateado de lo oscuro,
pasos de agonía daba
la tenue mujer enlutada.

Sudores vitrificados,
gritos verdes,
en el límite final
del vibrar de sus caderas.

Mugen y arañan los vientos, afuera
besando a los pordioseros.


     *  *  *  *  *  *  *  *

Postal: El viejo del mar del norte

 El anciano calamocano bebe
aguardiente de trigo.
Profundo saco de vidrio
se hace su ojo sano:
críspace entre sorbos
su barba amarilla y raleada.

Tras las ventanas se alongan las cruces góticas
de la iglesia del barrio de putas
y negros de poros abiertos,
y jóvenes de narices rojas
de dientes carcomidos
se van por la calle Van Dam,
por la vieja y hermosa estación de trenes,
a conseguir morfina.

El viejo marino,
en el bar de pomos de bronce
y gigantes arañas de madera,
pausado bebe ginebra
y me mira y me pregunta sobre el Perú
y la larga resistencia muda
y la guerra larga de hoy;
y mira
y me mira
dibujar sobre el mármol
tu nombre

Afuera hace frío y llueve
y el asfalto está helado
y cintila.


        *  *  *  *  *  *  *

Himno verde

Albaicí de benjuí y lavanda en flor,
transida de mi alegra y amor:
deja que vaya hacia tus brazos
y me cobije en tu pecho,
mientras el corro de soldados ronda
en las oscurecidas calles
y el bronco canto retumbe en la oquedad.

(Cóndor y Toro) (Serpiente y Cerdo)

Cúbreme con el olor de tu mirada,
protégeme ya (amada - amado);
y que el ojo vidriado no me vea,
hasta que pase el tiempo de la sombra
y salte del carbón la Fogata
y muera el dolor.

Y haz que mis heridas duelan menos,
haz que mi canto contenga eterna miel,
haz que mi cólera como siempre construya,
y al final, ven, conmigo, caminando
con todos, así, libremente...Amor!.

     *  *  *  *  *  *  *  *  *

Segundo himno verde


Cierto día, un día, lloró en silencio
Albaicí,
y de sus faldas huyó el copo de alegría.

Su perfil se fijó en las ramas del melocotonero en flor,
en las riberas de las montañas llenas de humedad y verdor:
hoy, donde sus huellas pasaron
rebotan los recuerdos de las risas de los niños
(ellos crecieron entre las palmeras y las dalias)
destrozados por las bombas de napalm
arrojadas entre las nieves de los Andes.

Pero yo veo aún cómo caen las lágrimas de la herida Albaicí...

Mi alma de nuevo se estremece
y se acurruca a sus pies;
sin embargo es largo mi camino
y pasa el tiempo
frotando sus dolores,
y pasa lento el torpor,
y viene el horizonte
repleto de sol puro y claveles rojos en flor,
y veo
y reveo y veo que se acerca...
acercándose....!


   *  *  *  *  *  *  *  *  *

Hombres del Mundo:
Aquí yace
el más grande amor
de un hombre que vagaba
                        sin su sombra
                        y le dolía la vida.
Aquí yace aquella que le dio
un cobijo eterno al poeta
entre sus senos y sus muslos
y sus labios de púrpura
y su vientre.
                        Venerada es para la eternidad
                                            pues ella pudo
(cuando quebrado como un trozo de hielo estaba cabizbajo el poeta),
ponerlo en pie
y así pudo este Hombre
agarrar sus dedos
enteros y escribir en grande que por fin su cuerpo yerto
                                  amaba
y coger férrea la nueva arma
y cargar en sus espaldas
la bolsa repleta
de humilde detonante
                   y ayudar a liberar La Patria (con la “humilde dinamita”)

Aquí yace. Y sigue amada
para siempre.