domingo, 22 de junio de 2014

POEMAS DE MIGUEL OTERO SILVA


Miguel Otero Silva nació en Barcelona, Venezuela el 26 de octubre de 1908 y falleció el  28 de agosto de 1985 en Caracas. Humorista, poeta, escritor, ingeniero, periodista, dramaturgo, y político. Su poesía tiene un fuerte acento social y utiliza tanto la métrica convencional como el verso libre. Como escritor y poeta recibió altas distinciones, tanto nacionales como internacionales.







La poesía

Tú, poesía,
sombra más misteriosa
que la raíz oscura de los añosos árboles,
más del aire escondida
que las venas secretas de los profundos minerales,
lucero más recóndito
que la brasa enclaustrada en los arcones de la tierra.

Tú, música tejida
por el arpa inaudible de las constelaciones,
tú, música espigada
al borde de los últimos precipicios azules,
tú, música engendrada
al tam-tam de los pulsos y al cantar de la sangre.

Tú, poesía,
nacida para el hombre y su lenguaje,
no gaviota blanquisima sobre un ar sin navíos,
ni hermosa flor erguida sobre la llaga de un desierto.


                          * * * * * * * * *


Tres variaciones alrededor de la muerte

                                               Nuestras vidas son los ríos
                                               que van a dar a la mar,
                                               que es el morir.
                                                                  Jorge Manrique


1
¡No! No es posible vivir cual los ríos
cantando entre laderas y lirios
o entre agudos peñascos y ramajes tronchados,
sin presentir el mar que los espera,
el infinito verde y encrespado
en cuyo corazón de sal los ríos se transforman en peces.

No es posible flamear como el fuego,
iluminando rostros de danzantes risueños
o tiñendo vetas de angustias en las caras dolorosas,
sin presentir la brisa que matará su luz
o el agua que tomará sus rosas en ceniza.
En mitad de la vida cantamos a la muerte
que es el mar de los ríos y el agua de las llamas.


2
Símbolos de la muerte no sueñan ser el hueso,
ni las cuencas vacías, ni la mortaja fláccida.
Los huesos son apenas el portal de la muerte.

Cuando los huesos dejan de ser huesos
y entre su blancor rígido hay un temblor de gérmenes,
es que nace la poesía de la muerte,
es que despunta el símbolo creador de la muerte.

La muerte que yo canto no es cruz de cementerio,
ni ilusión metafísica de las mentes cobardes,
ni lóbrego infinito de profundos filósofos.

La muerte que yo canto es una sombra constructora
de blancas mariposas que crucen los caminos del viento,
de tallos que entremezclan la pulpa maternal de la tierra,
de claros manantiales que sacudan las entrañas del mundo.


3
Un niño es la crisálida de un amor y de un llanto,
es la estrofa primera de un poema,
es la cuesta inicial de una montaña.
Y la muerte de un niño es tan absurda
cual la de una mañana que se volviera sombras.

Si ayer se desgarraron las carnes de la madre,
si un rumor de blancura le despertó los senos,
esa sangre, esa leche, ese dolor, han sido
la raíz de los pasos de un hombre.

Sólo el leñador loco corta un árbol
cuando el tronco es apenas tierno cogollo inútil.
Sólo loca la muerte ha de matar un niño,
apagar un amor que no ha nacido
y secar unas lágrimas que no han corrido nunca.
Mientras los niños mueran
yo no logro entender la misión de la muerte.


                 * * * * * * * * 

Siembra 

Cuando de mí no quede sino un árbol,
cuando mis huesos se hayan esparcido
bajo la tierra madre;
cuando de ti no quede sino una rosa blanca
que se nutrió de aquello que tú fuiste
y haya zarpado ya con mil brisas distintas
el aliento del beso que hoy bebemos;
cuando ya nuestros nombres
sean sonidos sin eco
dormidos en la sombra de un olvido insondable;
tú seguirás viviendo en la belleza de la rosa,
como yo en el follaje del árbol
y nuestro amor en el murmullo de la risa.
¡Escúchame!
Yo aspiro a que vivamos
en las vibrantes voces de la mañana.
Yo quiero perdurar junto contigo
en la savia profunda de la humanidad:
en la risa del niño,
en la paz de los hombres,
en el amor sin lágrimas.
Por eso,
como habremos de darnos a la rosa y al árbol,
a la tierra y al viento,
te pido que nos demos al futuro del mundo...


                          *  *  *  *  *  *  *  *

Calma mi sed, amor, en tus vertientes...

Calma mi sed, amor, en tus vertientes,
enraízame, amor, en tus sembrados,
llévame, amor, por mares encrespados,
clávame, amor, tus uñas y tus dientes.

Di palabras, amor, incoherentes,
gime versos, amor, jamás pensados,
sacude, amor, tus pétalos mojados,
amor, sobre mis huesos combatientes.

Hiéreme, amor, con filo de claveles,
átame, amor, con tu dogal de mieles,
quémame, amor, en tu rosal de fuego.

Cimbra, amor, tu silencio estremecido,
dame tu boca, amor, que la he perdido,
muere conmigo, amor, que ya estoy ciego.



                         * * * * * *

Cuerpo de la mujer

                                        Tántalo, en fugitiva fuente de oro

Cuerpo de la mujer, río de oro
donde, hundidos los brazos, recibimos
un relámpago azul, unos racimos
de luz rasgada en un frondor de oro.

Cuerpo de la mujer o mar de oro donde,
amando las manos, no sabemos
si los senos son olas, si son remos
los brazos, si son alas solas de oro...

Cuerpo de la mujer, fuente de llanto
donde, después de tanta luz, de tanto
tacto sutil, de Tántalo es la pena.

Suena la soledad de Dios. Sentimos
la soledad de dos. Y una cadena
que no suena, ancla en Dios almas y limos.


                      *  *  *  *  *  *

Corrido del negro Lorenzo


¡Yo soy el Negro Lorenzo!

Negro del Tuy, negro negro.
Noche con alma. Tambor
dormido bajo mi pecho.

Dormido bajo mi pecho
tengo un dolor de candelas,
corazón rojo por dentro,
corazón negro por fuera.

Corazón negro por fuera,
corazón sombra del blanco,
si tengo rebelde el pelo
tengo rebeldes las manos.

Tengo rebeldes las manos,
manos trenzadas al viento
mientras lanzo al viento el grito:
¡Yo soy el Negro Lorenzo!

Yo soy el Negro Lorenzo,
nieto y biznieto de esclavos,
cruzado de cicatrices
como negro tronco de árbol.

Como negro tronco de árbol
de pie atisbo la sabana
que invita a correr por ella
con banderas coloradas.

Con banderas coloradas
y palpitar de tambor
al frente de gritos negros
fundidos en una voz.

Fundidos en una voz
oigo los lamentos negros
de las negras cicatrices.
¡Yo soy el Negro Lorenzo!

¡Yo soy el Negro Lorenzo!
Negra noche, negra el alma,
negro de pecho desnudo,
negro cortador de caña.

Negro cortador de caña
como mi abuelo y mi padre,
esclavo negro de todos,
esclavo no soy de nadie.

Esclavo no soy de nadie
porque soy lo que no soy,
tengo un dolor de candelas
y un palpitar de tambor.

Y un palpitar de tambor
bajará por los barrancos
como la voz de los muertos,
los negros muertos esclavos.

Los negros muertos esclavos,
mi abuelo y mi bisabuelo.
Negra y rebelde es mi mano.
¡Yo soy el Negro Lorenzo!



                   * *  * * * * * *

El aire ya no es aire, sino aliento...

El aire ya no es aire, sino aliento;
el agua ya no es agua, sino espejo,
porque el agua es apenas tu reflejo
y ruta de tu voz es sólo el viento.


Ya mi verso no es verso, sino acento;
ya mi andar no es andar, sino cortejo,
porque vuelvo hacia ti cuando te dejo
y es sombra de tu luz mi pensamiento.

Ya la herida es floral deshojadura
y la muerte es fluencia de ternura
que a ti me liga con perpetuos lazos:

tornóse en rosa espléndida la herida
y ya no es muerte, sino dulce vida,
la muerte que me das entre tus brazos.


                              * * * * * * * *


Vine hacia él
                                                                                           1952

                                        que no hay nadie en mi tumba.
                                                                 César Vallejo.




César Vallejo ha muerto. Muerto está
que yo lo vi
en Montrouge, una tarde
de abril.

Iba con Carlos Espinosa,
y
llevábamos los Poemas
humanos y España, aparta de mí

que no hay nadie en mi tumba.

este cáliz. Carlos
leyó un poema, como si
le escuchara Dios. Yo,
llorando, leí

                   Masa.
Entonces
todos los hombres de la tierra
le rodearon; pero

César Vallejo, ¡ay! siguió muriendo.