martes, 3 de junio de 2014

POEMAS DE LUIS CARDOZA Y ARAGÓN


Luis Cardoza y Aragón nació en Antigua, Guatemala, el 21 de junio de 1901 y falleció en México, donde se encontraba exiliado, el 4 de septiembre de 1992. Ensayista, poeta, novelista, crítico de arte y escritor, influenciado de surrealismo que concilió con un barroquismo de corte americano.





Soledad


Yo canto porque no puedo eludir la muerte,
porque le tengo miedo, porque el dolor me mata.
La quiero ya como se quiere el amor mismo.
Su terror necesito, su hueso mondo y su misterio.
Lleno del fervor de la manzana y su corrosiva fragancia,
lujurioso como un hombre que sólo una idea tiene,
angustiadamente carnal con la misma muerte devorante,
yo me consumo aullando la traición de los dioses.
Soledad mía, oh muerte del amor, oh amor de la muerte,
que nunca hay vida, nunca, ¡nunca! sino sólo agonía.
En mis manos de fango gime una paloma resplandeciente
porque el amor y el sueño son las alas de la vida.
Me duele el aire… Me oprimen tus manos absolutas,
rojas de besos y relámpagos, de nubes y escorpiones.
Soledad de soledades, yo sé que si es triste todo olvido,
más triste es aún todo recuerdo, y más triste aún toda esperanza.
Porque el amor y la muerte son las alas de mi vida,
que es como un ángel expulsado perpetuamente.



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Volvía a casa


Volvía a casa entre disparos y engañadas multitudes
ciegas en su tormenta, amado pueblo mío.
Qué trágico, qué duro, qué cruel nuestro destino
de arar sobre el mar y que la luz te enlute.
Desasosiego físico, que podía palpar
como un dolor de muelas en el alma,
me saturaba el cuerpo: zozobra que era náusea,
entre certeza y duda de tu verdad mañana.
Yo soy mi pueblo ciego con los ojos abiertos.
Mi pueblo luminoso embarrado de sombra.
La realidad y el sueño, la raíz y el lucero.
La guitarra que siembra la semilla del alba.
Por igual me dolían la bala y el herido.
Tu día levantaba sus blancas torres altas
lúcidas de esplendor, oh recio pueblo mío,
si tu noche invadíame con pirámides truncas.
Sólo soy la guitarra que canta con su pueblo.
Aliento de su barro mi voz suya.



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Entonces, solo entonces (21)




Cubre tu cuerpo, que está siempre desnudo,

hasta ese último lucero ya sin nombre
que desborda en un grito mudo el cielo.


Duro manantial de llamas, estatua

mineral y celeste, sobrehumana,
muerta en la vida y en la muerte viva
con su fisiología de ventana.


Despertaré: volaré por los aires.

Volaré por los aires si me olvida
esa voz alta que me sueña vida.


Nada sino tu voz y mi ceniza.

Tu dulce amarga voz y mis velas sin rumbo.
Hueso del fruto de la luz, tu cuerpo.
Nada sino silencio y cielo.


Florece tu cuerpo,

y yo me muero.
El alba.




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Siempre


He vivido casi toda mi vida lejos de mis cielos.

Pero mis pies están marcados en los códices,
en la voz profunda de mi pueblo.
Camino sobre el mar y las nubes que me traje:
son mi tierra firme.
¿Quién me la puede quitar?
Cuando digo que estoy solo es porque no estoy en la plaza pública
sino en cada uno de vosotros,
como en los granos la granada.
Podríais enterrarme en la voz de cualquier niño
si tiene los pies descalzos y ha visto los volcanes.
Mis ojos siempre se abren sobre la luz primera,
y al cerrarlos, sobre mí cae siempre la sombra de mi infancia.
¿Y todo lo que he vivido,
me pregunto, toda el agua escurrida entre mis dedos,
todo lo bailado, no es un sueño?
No he tenido tiempo para soñar, amigos.
Apenas si he tenido para no morirme.
No puedo descifrar el símbolo
porque el símbolo no es un lenguaje.
Estoy tan cerca que no me veis
en las cenizas de los muertos
y en las manos de los niños futuros.
Tercamente guatemalteco,
no necesito recordar, me basta con palparme.
El sueño no tiene vocales,
pero tiene llamaradas y tambores mudos,
y las mismas fogatas
arden en las mismas cumbres.
…Si tiene los pies descalzos y ha visto los volcanes.


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Entonces, solo entonces (5)


Olvido y sombra lenta

y sangre sobre plata.

Frente a la dulce muerte,

dulce siempre como la luna nueva,
ceniza y jaramago.

Fervor de cielos altos,

oh mis huesos,
nocturnos minerales.

En la piedra reposa

la sangre no nacida.
La tristeza
de los hombres futuros.

Muy lejos de sus brazos

tiembla el agua
como niña desnuda.

Apagad vuestra sed en el espejo

como un ascua, como pústula viva
o grito de socorro en el desierto.


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  Nieve 

Cuando una hormiga cae

ninguno se da cuenta.

Cuando yo estoy sufriendo hasta la médula

sólo yo lo averiguo.

Y se me antoja hoy-no sé por qué zodíaco-

que si sufro lo sepa todo el mundo.

Y que no es justo que padezca solo.
Y que alguna mujer debiera estar llorando

sobre mis metacarpios.
Al menos, ayudándome a llorar.

Me siento solidario con todo aquel que tiene

alguna torva pena, alguna neuralgia,
alguna madre agónica, alguna cárcel suya.

Y sólo pediría una brocha imponente

para llenar los muros de palabras soeces,
hasta que todos sepan
lo enfermamente triste
que un hombre puede estar de igual manera,
de igual simple manera
como caer una hormiga.