miércoles, 9 de julio de 2014

POEMAS DE EDUARDO LIZALDE



Eduardo Lizarde Chávez nació el 14 de julio de 1929 en Ciudad de México. Poeta, ensayista y académico. Perteneciente a la Generación del 45. Ganador del Premiio de Poesía Aguascalientes (1947) y el Premio Internacional Alfonso Reyes (2011), y últimamente el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca (2013).





Martirio de Narciso

Al verterse en los charcos la apostura
del que delgado está, pues disemina
sus reflejos, el agua femenina
se hiela por guardar cada figura.

El revés del cristal nos asegura
su espalda contener: allí camina
la sangre que en Narciso se origina
cada vez que un espejo se fractura.

Pulida tempestad en los cristales
impide que navegue su reflejo;
le da ceguera un Tántalo cercano,

quien dice amordazando manantiales:
aquel que aprisionar logra un espejo
puede apretar el mundo con la mano. 


            *  *  *  *  *  *  *  *

Amor

La regla es ésta:
dar lo absolutamente imprescindible,
obtener lo más,
nunca bajar la guardia,
meter el jab a tiempo,
no ceder,
y no pelear en corto,
no entregarse en ninguna circunstancia
ni cambiar golpes con la ceja herida;
jamás decir "te amo", en serio,
al contrincante.
Es el mejor camino
para ser eternamente desgraciado
y triunfador
sin riesgos aparentes.
 

                         *  *  *  *  *  *  *

Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses...

Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses;
que se pierda
tanto increíble amor.
Que nada quede, amigos,
de esos mares de amor,
de estas verduras pobres de las eras
que las vacas devoran
lamiendo el otro lado del césped,
lanzando a nuestros pastos
las manadas de hidras y langostas
de sus lenguas calientes.

Como si el verde pasto celestial,
el mismo océano, salado como arenque,
hirvieran.
Que tanto y tanto amor
y tanto vuelo entre unos cuerpos
al abordaje apenas de su lecho se desplome.

Que una sola munición de estaño luminoso,
una bala pequeña,
un perdigón inocuo para un pato,
derrumbe al mismo tiempo todas las bandadas
y desgarre el cielo con sus plumas.

Que el oro mismo estalle sin motivo.
Que un amor capaz de convertir al sapo en rosa
se destroce.

Que tanto y tanto amor, una vez más, y tanto,
tanto imposible amor inexpresable,
nos vuelva tontos, monos sin sentido.

Que tanto amor queme sus naves
antes de llegar a tierra.

Es esto, dioses, poderosos amigos, perros,
niños, animales domésticos, señores,
lo que duele.


                   *  *  *  *  *  *  *

El tigre real, el amo, el solo, el sol...

El tigre real, el amo, el solo, el sol
de los carnívoros, espera,
está herido y hambriento,
tiene sed de carne,
hambre de agua.
Acecha fijo, suspenso en su materia,
como detenido por el lápiz
que lo está dibujando,
trastornada su pinta majestuosa
por la extrema quietud.
Es una roca amarilla:
se fragua el aire mismo de su aliento
y el fulgor cortante de sus ojos
cuaja y cesa al punto de la hulla.
Veteado por las sombras,
doblemente rayado,
doblemente asesino,
sueña en su presa improbable,
la paladea de lejos, la inventa
como el artista que concibe un crimen
de pulpas deliciosas.
Escucha, huele, palpa y adivina
los menores espasmos, los supuestos crujidos,
los vientos más delgados.
Al fin, la víctima se acerca,
estruendosa y sinfónica.
El tigre se incorpora, otea, apercibe
sus veloces navajas y colmillos,
desamarra
la encordadura recia de sus músculos.
Pero la bestia, lo que se avecina
es demasiado grande
-el tigre de los tigres-.
Es la muerte
y el gran tigre es la presa.


                   *  *  *  *  *  *  *  *
El cepo 

Vacía la trampa de oro,
Sobredorada -el oro sobre el oro-,
de esperar inútilmente al tigre.

Oro en el oro, el tigre.
Incrustación de carne en furia, el tigre.
Mina de horror. Llaga fosforescente
que atraviesa la sangre
como el pez o la flecha.
Rastro de sol.
La selva se ilumina, abre sus ojos
para ver pasar la luz del tigre.
Y a su paso, Midas, las hojas, ojos
flores desprevenidas, crótalos dormidos
ramas a punto de nacer,
libélulas doradas de por sí,
gemidos de cachorros,
se doran, se platinan.

Y el tigre pasa, frente a la trampa absorta,
amada,
y la trampa lo mira, dorándose, pasar;
la fiera huele acaso.
la insolente carnada convertida en rubí,
lame sus brillos secos de aparente jugo,
pisa en vano el aterido resorte de cristal o nácar
del cepo inerme ahora.

Escapa el tigre
y la trampa se queda
como la boca de oro
de niño frente al mar.

* * * * * *
Vaca y niña

Los niños de las ciudades
conocen bien el mar,
                     mas no la tierra.
La niña que no había visto,
                     nunca, una vaca
se la encontró en el prado
                     y le gustó.
La vaca no sonreía
-está contra sus costumbres-.
La niña se le acercó, pasos menudos,
como a una fuente materna
de leche y miel y cebada.
La vaca a su vez,
rumiando dulce pastura,
miró a la pequeña triste,
como a un becerro perdido,
y la saludó contenta:
la cola en alta alegría,
látigo amable
que festejaban las moscas.


            *  *  *  *  *  *  *

El Tigre

Hay un tigre en la casa 
que desgarra por dentro al que lo mira. 
Y sólo tiene zarpas para el que lo espía, 
y sólo puede herir por dentro, 
y es enorme: 
más largo y más pesado 
que otros gatos gordos 
y carniceros pestíferos 
de su especie, 
y pierde la cabeza con facilidad, 
huele la sangre aun a través del vidrio, 
percibe el miedo desde la cocina 
y a pesar de las puertas más robustas. 

Suele crecer de noche: 
coloca su cabeza de tiranosaurio 
en una cama 
y el hocico le cuelga 
más allá de las colchas. 
Su lomo, entonces, se aprieta en el pasillo, 
de muro a muro, 
y sólo alcanzo el baño a rastras, contra el techo, 
como a través de un túnel 
de lodo y miel. 

No miro nunca la colmena solar, 
los renegridos panales del crimen 
de sus ojos, 
los crisoles de saliva emponzoñada 
de sus fauces. 

Ni siquiera lo huelo, 
para que no me mate. 

Pero sé claramente 
que hay un inmenso tigre encerrado 

en todo esto.