domingo, 8 de junio de 2014

POEMAS DE ALFONSO CANALES



Alfonso Canales Pérez-Bryan nació en Málaga, España, en 1923 y falleció en la misma ciudad en 2010. Alfonso Canales recorre un camino desde la lírica existencial y el conceptismo estético, sobre los temas eternos del poeta (paso del tiempo, lucha contra el olvido), hasta las reflexiones más amplias acerca de Dios, el Bien y el Mal, la vida y la muerte.





Soneto

¿Adónde va el amor, por más que duela
el corazón a cada estrecho paso;
con qué peso se hunde, en qué fracaso
el beso se anonada y se cancela?
              
Abrígalo si puedes: va que vuela
su precario calor, al cielo raso.
Mira que con frecuencia se da el caso
de que a la vuelta el velo se desvela.
              
¿Adónde vamos a parar con tanta
ráfaga que se va por un postigo,
si el cisne se nos muere cuando canta?
              
¿Qué puede alimentarnos este trigo
que siempre se nos queda en la garganta?
¿Adónde vamos a parar, amigo?


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Razón de amor

Porque estás ahí delante -siempre delante, eso sí-,
pero confieso humildemente que no puedo encerrarte en
      un cauce.
No sé cómo poner música a la música,
como dar olor al jazmín,               
color al sol que se hunde por la tarde,
como quien dice: esto se ha acabado,               
no esperen ustedes que salga mañana por la mañana.

Yo no sé si me explico,
pero es que hay cosas que no son para cantadas,
sino para dichas llanamente, después de tomar una
      cerveza.
-Está lloviendo-, apunta uno:
y en dos palabras se encierra un terrible suceso,
algo que hiere los tejados.
y deja caer sobre los charcos más lágrimas
de las que pudieran derramar los humanos ojos,
incluso poniéndose en lo peor de las cosas.
-Es de día-: y con ello
entra el sol en el alma, como una aguja caliente,
y nos sentimos seguros de que, por el momento,
Dios no nos olvida.
              
Y así con el amor
uno vive, viviendo.
Uno olvida que, cada día, Dios nos pone tierra               
      bajo los pies,
aire sobre la boca y azul en las pupilas.
Uno olvida que el corazón se apoya, cada día,
como un blando sillar,
en otro corazón.
              
Y cuando se cae en la cuenta de todo
-esto no sucede a menudo-,
resulta imposible medir un verso con los dedos
Un gran tajo circunda a los amantes,
y lo demás puede decirse en dos palabras.


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La Cita

Amor, amor, amor, la savia suelta,               
el potro desbocado, amor, al campo,
la calle, el cielo, las ventanas libres,               
las puertas libres, los océanos hondos
y los escaparates que ofrecen cuando hay               
que ofrecer al deseo de los vivos.
De los vivos, amor, de los que olvidan               
que un día no habrá puertas ni ventanas,
ni potro ni raudales de la hermosura               
para estos, estos ojos, estos ojos
donde habrá que engastar unas monedas               
-y otra bajo la lengua-, por si acaso
al barquero le sirven o al que busque               
sueños de ayer, de hoy, bajo la tierra.
Bajo la tierra, amor, trufas, estatuas,               
oro, cántaros, dioses
apagados, amor, tesoros, premios
de la ansiedad.
              
Amor, dame la mano,
no te conozco, amor, no importa, dame
la mano, amor, no la conozco, nunca               
importa demasiado conocerse.
Abre los ojos, no, no puedo, abre               
la boca, ¿dónde está tu risa, dónde
se duerme tu palabra? Amor, no tengo               
más risa, más palabra: Amor.

Te doy a cambio lo que esperas.
¿Tú lo sabes, tú sabes lo que espero?               
Amor, ¿tú tienes lo que espero?
Es amor, amor y el mundo
como está, como es, con estas vías               
abiertas con las cosas
que con amor se hacen, con la gracia
de hacer las cosas con amor, con tiempo               
para formarlas con amor, con fuerzas,
aguas de amor para apagar el miedo.
              
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Pájaro herido


Vuelo inútil : la luna ya ha perdido tu espíritu
y tu canto ya tiene por estela el silencio.
Pronto, estrella llovida, recipiente de nada,
nublarás unas flores o el brillo de una piedra.
              
Ni un rumor, ni una lágrima multiplican tu muerte,
ni un suspiro da eco tristemente a tu pico:
nadie siente que pierdas tu lugar en el aire
y que, al igual que duermen peces entre las olas
y hombres entre la tierra, no tengas tu descanso
en los azules vientos que acarician tus alas.
              
Y las nubes ya saben que es tu último,
y que, pronto tu boca la canción de tu vida
cantará silenciosa: pero guardan su llanto,
pero guardan su llanto para los olivares.

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    Soneto

¿Qué haremos en invierno -me preguntas-,
sin un mal cobertor que nos defienda
del frío? ¿ Qué participada prenda
abrigará las desnudeces juntas ?
              
No te sé contestar. Y descoyuntas,
pura, abierta, entregada a la contienda
del amor, ese cuerpo, a suelta rienda.
y se me escapa el alma por las puntas.
              
Aún es verano, y la calor es tanta
que no comprendo la frialdad. Y sudo
cuanta humedad rehuye la garganta.
              
¿Pero existe el invierno? ¿Y es tan crudo
su rigor? Si es así, ¿qué mejor manta
para tu desnudez, que, yo, desnudo?

          *******************
El Amor

Es preciso que cuente la historia de Juanico,
aquél a quien sedujo mi niñera, una tarde
de verano. ( Se ha dicho que fue bajo los pinos.)              

Era delgado, alto, melancólico. Un negro
pañuelo le ceñía el largo cuello. Estaba
delicado del pecho. Cuando pasó la cosa
aún no había entrado en quintas.
              
      Si mal no lo recuerdo,
todo ocurrió en agosto. Yo jugaba arrastrando
un gran bieldo blanquísimo por el llano. Juanico
daba portes con sacos vacíos, desde un carro
hasta el patio. Las horas se fundían despacio
sobre el jardín, caían sobre los eucaliptos
repletos de chicharras, que sonaban lo mismo
que cuando las patatas se fríen en aceite
muy caliente. Juanico sudaba. Pero cuando
penetraba en la sombra del portón, una lengua
de aire fresco lamía su pecho, despegaba
el pañuelo empapado, le entraba por debajo
de los perniles, como una larga serpiente,
y le dejaba un pétalo de rosa entre las piernas.
              

Carmen tenía casi los treinta años.      Ella
sabía que Juanico se abrazaba a la colcha
y miraba a la luna, como si allí estuvieran
las razones de todo. Por eso entró en la casa
para beber un vaso de agua: el caso era
ayudar a Juanico que casi no sabía
por qué cabos empiezan a trenzar los amores.
              
Yo estaba, ya lo he dicho, arrastrando mi bieldo,
llano arriba y abajo. Pero me daba cuenta
de que un pájaro grande cubría con sus alas
el jardín, los pinares, los olivos, la alberca,
la casa con Juanico, con Carmen, con los sacos.
Los dientes dibujaban cuatro líneas iguales,
que giraban, que iban y venían, lo mismo
que el vuelo de las aves.
              
      Sin embargo, de pronto
me sentí solo: estaba el mundo solo, bajo
el ala inmensa. Piensen cual sería mi asombro
cuando vi que el gran pájaro ardía y que dejaba
caer en mi cabeza plumillas encendidas.
              
Entré corriendo al patio. Alguien había cerrado
todas las puertas: solo una estaba entornada.
Miré por la rendija y allí los vi en la sombra,
con un afán ardiente por mí desconocido,
así como empeñados en no morirse nunca.

             ***********************

            Qué indefinible tristeza, cuando uno escucha...
Qué indefinible tristeza, cuando uno escucha  las palabras casi sin sentido  que surten de miles de labios  y que se van, sin orden, amontonando en el aire,  las palabras como insectos que liban  en miles de orejas ambulantes, las palabras  que se disuelven, como olas, sobre la playa de la tarde,  adelgazando, trocándose en espuma,  en humedad, en nada. Y qué tristeza finísima,  qué sombra, qué aire de tristeza,  cuando uno piensa que es imposible comparar  a estos seres que se agitan con las nubes  que circulan por las calles del cielo,  o con el ir y venir del viento  entre las hojas de los árboles.  Y sobre todo, qué inmenso desconsuelo  cuando uno se da cuenta  de que estas tristes reflexiones en torno  a estas criaturas que giran en la tarde  lo han convertido a uno en alguien  infinitamente abandonando, en alguien que,  desde el otro lado del tiempo, escucha,  lleno de soledad, el fragor  de éste monótono rebaño de corazones.
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           Oh aquellos días claros de mi niñez...

Oh aquellos días claros de mi niñez, aquellos
días entre jardines, entre libros y sueños,
a qué poco han quedado reducidos: las piedras
brillantes al sol alto del dulce mediodía
-¡qué amarilla se ha puesto de aquel sol la memoria!-,
las pequeñas calizas, los cuarzos y pizarras
polvorientas, suaves, bajo los almecinos,
aún tienen un rescoldo de recuerdo en mis manos;
el jazmín del estío- ¡qué fue de aquella nieveI-,
que daba olor de fiesta a la tranquila noche,
aún lo siento en el pecho, cuando cierro los ojos;
y el rumor de las olas, lenta, lejanamente,
en mi interior florece cuando llueve el silencio.
Calor, olor, rumores: a qué poco han quedado
reducidos los días lejanos y felices.

A veces el sonido de una piedra, cayendo
en una verde alberca, me hace creer que nunca
debió formarse un hombre sobre aquel que gozaba
sobresaltando aguas tranquilas. Y quién sabe
si hoy, corriendo esas aguas hacia mares futuros,
también piensan que nunca debieron de ser ríos.