viernes, 25 de abril de 2014

POEMAS DE RAFAEL OBLIGADO


Rafael Obligado nació el 27 de enero 1851 en Buenos Aires y falleció el 8 de marzo 1920 en Mendoza, ambas ciudades de Argentina. Poeta romántico que en el panorama cultural de su época fue una de las principales figuras



La flor del seíbo

Tu "Flor de la caña",
¡Oh Plácido amigo!
No tuvo unos ojos
Más negros y lindos,


Que cierta morocha
Del suelo argentino
Llamada... Su nombre,
Jamás lo he sabido;


Mas tiene unos labios
De un rojo tan vivo,
Difúndese de ella
Tal fuego escondido,


Que aquí en la comarca,
La dan los vecinos
Por único nombre,
"La Flor de Seíbo."


Un día - una tarde
Serena de estío -
Pasó por la puerta
Del rancho que habito.


Vestía una falda
Ligera de lino;
Cubríala el seno,
Velando el corpiño,


Un chal tucumano
De mallas tejido;
Y el negro cabello,
Sin moños ni rizos,


Cayendo abundoso,
Brillaba ceñido
Con una guirnalda
De flor de seíbo.


Miréla, y sus ojos
Buscaron los míos...
Tal vez un secreto
Los dos nos dijimos.


Porque ella, turbada,
Quizá por descuido,
Su blanco pañuelo
Perdió en el camino.


Corrí a levantarlo,
Y al tiempo de asirlo,
El alma inundóme
Su olor a tomillo.


Al dárselo, "Gracias,
Mil gracias!" - me dijo,
Poniéndose roja
Cual flor de seíbo.


Ignoro si entonces
Pequé de atrevido,
Pero ello es lo cierto
Que juntos seguimos


La senda, cubierta
De sauces dormidos;
Y mientras sus ojos,
Modestos y esquivos,


Fijaba en sus breves
Zapatos pulidos,
Con moños de raso
Color de jacinto,


Mi amor de poeta
La dije al oído:
¡Mi amor, más hermoso
Que flor de seíbo!


La frente inclinada
Y el paso furtivo,
Guardó aquel silencio
Que vale un suspiro.


Mas, viendo en la arena
La sombra de un nido
Que al soplo temblaba
Del aire tranquilo,


- "Allí se columpian
Dos aves", me dijo:
"Dos aves que se aman
Y juntas he visto


Bebiendo las gotas
De fresco rocío
Que absorbe en la noche
La flor del seíbo".



Oyendo embriagado
Su acento divino,
También, como ella,
Quedé pensativo.


Mas, como en un claro
Del bosque sombrío
Se alzara, ya cerca,
Su hogar campesino,


Detuvo sus pasos,
Y llena de hechizos,
En pago y en prenda
De nuestro cariño,


Hurtando a las sienes
Su adorno sencillo,
Me dio, sonrojada,
La flor del seíbo.


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Semejanzas


Brisa que en medio de la selva canta,
apacible rumor del oleaje,
es el susurro de su blanco traje
al deslizarse su ligera planta.

Luz de la estrella que al caer la tarde
de moribunda palidez se viste,
es el reflejo cariñoso y triste
que en los cristales de sus ojos arde.

Luna del seno de la mar naciente,
que va escalando, en silencioso vuelo,
y con tranquila majestad, el cielo,
es el relieve de su tersa frente. 

Plácido arrullo, que ocultar no sabe
de la paloma la ignorada pena,
y en el silencio de los bosques suena,
es la armonía de su voz suave.

Cielo sin nubes que a la tierra envía
la luz y el fuego de su sol fecundo,
cielo sin nubes de un azul profundo,
es el cariño de la amada mía.



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Sombra

¿Has podido dudar del alma mía?
¿De mí que nunca de tu amor dudé?
¡Dudar! ¡Cuando eres mi naciente día,
mi solo orgullo, mi soñado bien!

¡Dudar! ¡Sabiendo que en tu ser reposa
cuanta esperanza palpitó en mi ser,
y que mis sueños de color de rosa
el ala inclinan a besar tu sien!

Por eso, lleno de profundo anhelo,
me oyó la tarde, divagando ayer,
decir al valle, preguntar al cielo:
¿Por qué ha dudado de mi amor, por qué? 

La luz rosada de la tarde bella,
huyó a mis pasos para no volver;
y la naciente, luminosa estrella,
veló sus rayos para huir también.

Y mudo, triste, solitario, errante,
el alma enferma, por primera vez,
hundí en la sombra, y se apagó un instante
la luz celeste de mi antigua fe.

Perdido en medio de la noche en calma,
brumoso el río que nos vio nacer,
de alzar el vuelo a la región del alma
sentí la viva, la profunda sed.

¡Fugaz deseo! Tu inmortal cariño
ardió en la noche, y en su llama cruel
la mariposa de mi amor de niño
quemó sus alas y cayó a tus pies.


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Hojas

 ¿Ves aquel sauce, bien mío,
que, en doliente languidez,
se inclina al cauce sombrío,
enamorado tal vez
de las espumas del río?

¿Oyes el roce constante
de su ramaje sediento,
y aquel suspiro incesante
que de su copa oscilante
arranca tímido el viento?

Mañana, cuando sus rojas
auroras pierda el estío,
lo verás, húmedo y frío, 
ir arrojando sus hojas
sobre la espuma del río;

¡Y que ella, en rizos livianos
llevando la hoja caída,
las selvas cruza y los llanos...
para dejarla sin vida
en los recodos lejanos!

¡Ah! ¡cuán ingrata serías,
y cuán hondo mi dolor,
si estas hojas, que son mías,
abandonara, ya frías,
como la espuma, tu amor!